Siria: Más allá de un “ataque” químico

Omar Rafael García Lazo

Analista politico internacional
Por segunda vez en lo que va de guerra en Siria, EE.UU., con presidentes distintos, usó la treta de las armas químicas para intentar desarrollar los planes previstos contra ese país árabe.
Más allá de un “ataque” químico
Más allá de un “ataque” químico
No es ocioso reiterar que Siria constituye un obstáculo estratégico para los intereses de Washington en el Medio Oriente y Asia Central. El derrocamiento de Bashar Al Assad significaría el quiebre del eje de resistencia antisionista Irán-Siria-Hezbollah; supondría un mayor riesgo para la seguridad de Irán; potenciaría el debilitamiento, a planos de casi extinción, de la causa palestina; y reduciría la frontera de influencia de Rusia hacia el Mar Caspio, incluyendo el cierre de su ventana siria al Mediterráneo. Todo junto englobaría un golpe notable en el bajo el vientre del Oso ruso. Y eso tal vez no lo sepa Donald Trump, pero el establishment de su país sí.

 

Llamó la atención la sorpresa que muchos en el mundo mostraron con el reciente ataque con misiles efectuado por EE.UU. contra una base aérea siria. Más allá de los detalles sórdidos de la política inter-potencias, el gesto es en sí mismo una clara demostración de fuerza con el que ganaron sectores neoconservadores dentro del poder real estadounidense y el actual empresario presidente.

 

Para los primeros, asentados en complejo militar industrial, asesorados por sus tanques pensantes y representados en el Pentágono, las agencias de seguridad y varias secretarías, el ataque misilístico es un claro mensaje con destino a Moscú y Beijín, y una medición in situ de sus capacidades de reacción. De paso, para las fratricidas monarquías de la zona e Israel, el bombardeo es un claro estímulo moral que llega incluso, como agua en medio del desierto, a las filas terroristas, aun cuando todos saben que el Hegemón no se ha decidido todavía a entrar directamente en escena.

 

En el plano interno, para Trump la acción constituye un evidente giño al lobby sionista estadounidense, sector imprescindible para cualquiera que pretenda cumplir el cuarto año sin contratiempos en la Casa Blanca. Pero también es una clara muestra de la debilidad del mandatario frente al establishment, o mejor, de la capacidad del establishment para corregir las pequeñas desviaciones del sistema, como esta ¿inesperada? ascensión de un multimillonario a presidente.

 

En el 2013, Obama, con más pedigrí político e intelectual que le confería relativa autonomía, casi fue arrastrado por los militaristas a una acción directa contra Siria usando el mismo pretexto del gas y las armas químicas. En aquel momento, un Obama oscilante y por ratos indeciso, visiblemente presionado por los halcones, y ante un cuadro complejo que requería de novedosas jugadas, se vio superado, y tal vez hasta aliviado, por la acción política y diplomática de Rusia que logró el compromiso de Siria de eliminar su arsenal de armas químicas. Compromiso que fue cumplido y verificado por la ONU.


Pieza orquestal con iguales decibeles se escuchó cuando Iraq en el 2003
Pieza orquestal con iguales decibeles se escuchó cuando Iraq en el 2003
Esta vez, un nuevo “ataque” a la población civil con armas químicas acapara la atención de los medios de prensa que, sin la más acertada evidencia y en coro monocorde, culpan, después de haberlo hecho Washington, al gobierno sirio. Pieza orquestal con iguales decibeles se escuchó cuando Iraq en el 2003. En aquel entonces detrás de Bush, como hoy de Trump, estaban sectores neoconservadores y de ultraderecha de EE.UU.

 

Por estas razones y otras de carácter más histórico, que demuestran el uso reiterado de ataques de falsa bandera por los estrategas estadounidenses, es que cuesta creer que Siria haya usado armas químicas. Damasco y Moscú son conscientes de que la correlación de fuerzas en el terreno le es favorable y que con el cerco mediático y diplomático que sufren, una acción de este tipo sería, más que contraproducente, ilógica.

 

Por ahora, después de evaluados sus resultados, la agresión parece tener más réditos políticos que militares para EE.UU. No obstante, aún no es visible el esquema político-militar que seguirá la Administración Trump de cara al espinoso tablero que significa Siria, hoy convertida en epicentro de las contradicciones entre EE.UU., Rusia y China. No se puede descartar que surjan nuevos casos de “ataques químicos” con sustancias suministradas desde países aledaños a los terroristas para “compulsar” a Washington a una acción más directa en el país árabe.

 

Por otro lado, la cumbre entre el G-7 y un grupo de países de la región involucrados en el conflicto y con evidentes compromisos con las facciones terroristas anti-Bashar Al Assad han solicitado un alto al fuego y la salida del presidente sirio como condición para una salida política a la guerra. La insistencia en un alto al fuego confirma que la acción conjunta entre Siria, Irán, Rusia y Hezbollah ha puesto en aprietos a los terroristas.

 

Mientras tanto, el Secretario de Estado, de EE.UU., Rex Tillerson’s muestra sus credenciales diplomáticas en Moscú, pues como empresario petrolero, ya es conocido en esos lares, donde hasta la Orden de la Amistad le impusieron como reconocimiento a sus empeños inversionistas. Se dice que lleva al Kremlin un ultimátum: o con Bashar o con Occidente. Una disyuntiva que recuerda al “conmigo o contra mí” de Bush. Esperemos que, más allá de disyuntivas amenazantes, los “nexos” sirvan para evitar más víctimas inocentes en Siria, Iraq y Yemen, y que la coherencia de la política exterior rusa siga siendo un activo.

Los puntos de vista y opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de Al Mayadeen.

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