Israel y su ofensiva de encanto hacia África

Moisés Saab

Periodista de la Redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina.
La ofensiva de encanto que el gobierno israelí apunta hacia África, tiene varios objetivos, pero el más visible es neutralizar los esfuerzos internacionales para lograr un acuerdo de paz con los palestinos.
El primer ministro de Etiopía, Haile Mariam Desalegn, y el presidente israelí, Reuven Rivlin. Foto: Tomada de Google
El primer ministro de Etiopía, Haile Mariam Desalegn, y el presidente israelí, Reuven Rivlin. Foto: Tomada de Google
Los puntos sobresalientes son los contactos de las autoridades israelíes con el gobierno de Etiopía, cuyo primer ministro, Haile Mariam Desalegn, visitó Israel días atrás y se entrevistó con el presidente Reuven Rivlin y con Netanyahu, así como la asistencia de este último a la Cumbre de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental.

Estamos muy ansiosos de retornar a la conexión que teníamos con África y ustedes (los etíopes) son el lugar y la nación a la que debemos pedir que nos patrocinen y nos permitan poder asistir a todas las reuniones y la conferencia de África, dijo sin ambages Rivlin a su huésped.

De su lado, el jefe del gabinete israelí fue aún más directo en su encuentro con Desalegn cuando expresó "la esperanza de que Addis Abeba apoye el regreso de Israel a la Unión Africana (UA)" y reforzó su alegación con una afirmación más apropiada de un negociante que de un político: "esto no es solo en nuestro interés, sino en el de África".

Netanyahu solicitó el apoyo africano para rechazar lo que calificó de "prejuicios (contra Israel) en la ONU y en órganos tales como la Asamblea General (del ente planetario), la Unesco y el Consejo de Derechos Humanos".

En el caso de la ONU, a varias de cuyas delegaciones se les niega la entrada en los territorios palestinos, es notorio que la conducta israelí provoca rechazo y que es solo con el veto de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad que Tel Aviv esquiva la adopción de resoluciones de condena por su conducta en esas zonas.

Ejemplo fehaciente fue la tibia reacción en el verano de 2014 del entonces secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, a la agresión militar de Tel Aviv contra la franja de Gaza que mató dos mil 310 palestinos, en su mayoría civiles, mujeres, niños y ancianos, y provocó 10 mil 626 heridos, además de causar enormes daños materiales en hospitales y escuelas y cientos de miles de desplazados.

El texto emitido por Ban colocó en el mismo nivel a agresores y víctimas y provocó un rechazo general de personalidades y organizaciones, entre ellas la Liga de Países Árabes.

Ahora en sus contactos africanos, el primer ministro israelí juega a la amnesia, y pasa por alto la discriminación contra los emigrantes africanos que llegan a su territorio, la cual ha sido causa de protestas de los indocumentados, reprimidas con fuerza por la Policía y el Ejército de Tel Aviv.

Al unísono, los partidos políticos y organizaciones sociales israelíes rehúsan dar santuario a esos infelices bajo la consigna "Mantengamos a Israel blanco", una tendencia supremacista que se hace más patente entre los judíos askenazi, provenientes de países de Europa oriental y occidental, y que discrimina incluso a los judíos sefarditas, los que tienen sus raíces en países del norte de África, en los cuales vivieron sin discriminación durante siglos.

Ejemplo vivo de esa visión de la vida ocurrió el 12 de diciembre de 2013 cuando la Magen David Adom, equivalente israelí de la Cruz Roja, rehusó aceptar la donación de sangre de una miembro del parlamento de la raza negra, Pnina Tamano-Shata, porque "podía contaminar con enfermedades como el SIDA".

La legisladora, de origen etíope, refutó el pretexto y aclaró: "Tengo 32 años, llegué a los tres años a Israel, efectué mi servicio militar y tengo dos niños, no hay ninguna razón para tratarme así".

Lo más que logró la diputada fue que los encargados de la campaña aceptaran su donación, después de aclarar que no sería utilizada.

Pero Israel tiene un pecado más grave aún, de esos considerados mortales: su larga relación carnal con el extinto régimen de minoría blanca en Sudáfrica, país cuyo territorio utilizó durante el proceso de fabricación y prueba de armas nucleares, y apoyó tras la aplicación de sanciones mundiales.

Como antecedente queda que el 10 de noviembre de 1975 la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución no vinculante, la 3379, la cual equiparó al sionismo con el racismo en general y con el régimen de apartheid sudafricano en particular.

Ese fue al año en que las tropas de Pretoria penetraron en Angola por el sur, con el apoyo logístico de Tel Aviv, para tratar a toda costa de impedir la llegada al poder del Movimiento Popular de Liberación de Angola, la principal y más coherente de las fuerzas que combatieron al colonialismo portugués.

Presiones estadounidenses y de otras potencias occidentales lograron que el texto, que no era vinculante, fuera anulado con la emisión de otra resolución, la 4696 de 1991, en un lapso casi sin precedentes para la agrupación mundial, apenas 16 años de validez.

Ahora Israel quiere volver a África no en busca de más tribus perdidas, sino para obtener alivio diplomático a las presiones internacionales, hacer ganancias y, el tiempo lo dirá, en busca de tierras para una expansión silenciosa e indolora en procura de seguridad alimentaria y, más que probable, de concesiones mineras.
 *Periodista de la Redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina.

Los puntos de vista y opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de Al Mayadeen.

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