Trump y Cuba

Omar Rafael García Lazo

Analista politico internacional
Finalmente habló Trump sobre Cuba en Miami. Fue una puesta en escena fiel al estilo presidencial de la Casa Blanca: banda de música, cintas y banderas, contraste de luces, tribuna clásica, aplausos programados, e invitados cuya ubicación en el set depende del monto abonado en la campaña, del lugar que ocupan en la cadena anticubana o del nivel de relaciones con los congresistas abanderados de show.
Donald Trump firma la orden ejecutiva que da marcha atrás a algunas de las medidas que impulsaron las relaciones Cuba- Estados Unidos. Foto: AP.
Donald Trump firma la orden ejecutiva que da marcha atrás a algunas de las medidas que impulsaron las relaciones Cuba- Estados Unidos. Foto: AP.
Y el lugar no pudo ser más simbólico: el Teatro Manuel Artime de la Pequeña Habana, nombrado así en honor a uno de los cabecillas de la derrotada Brigada de mercenarios que armados y apoyados por el ejército y la marina de EE.UU. desembarcaron en Cuba en abril de 1961 y fueron derrotados en menos de 72 horas por milicianos y soldados cubanos dirigidos por Fidel Castro.
 Con el discurso el sector que representa Trump devuelve el gesto a los elementos más anticubanos de la derecha estadounidense y de la comunidad de origen cubano asentada en EE.UU., sectores que, aunque minoritarios, como indican varios estudios de universidades e instituciones estadounidenses, mantienen un lugar en el establishment de ese país y cuyos representantes apoyan al empresario en el Congreso.
 La crítica a la política de Obama fue el preámbulo del aluvión de Trump. Obama, más allá de su impronta personal, representó a un sector que apostaba por la destrucción de la Revolución mediante la seducción. De ahí que el “acercamiento” era imprescindible y se haría de forma paulatina en la medida en que se observaban y evaluaban los resultados.
 Aquella estrategia, tuvo –o tiene, hay que esperar- como objetivo táctico, generar en el mediano y largo plazos contradicciones en la sociedad cubana, sin mellar de forma oxigenante el bloqueo, aprovechando el contexto de actualización económica en Cuba, los cambios generacionales en la dirección política del país y los retrocesos en los procesos revolucionarios y progresistas latinoamericanos.
 La otra tendencia defiende una actitud más radical y confrontacional. Y se advierte en ella un odio licuado con intereses económicos construidos sobre la base de una industria de la política anticubana en la Florida; a lo que se suma, la maquinaria electoral que en ese Estado controlan los sectores anticubanos, aunque con declinante poder. Tampoco se puede soslayar en este análisis el tráfico de apoyos y votos en el Congreso y las apetencias políticas de legisladores como Marco Rubio y Mario Díaz-Balart.
 Entre esas dos tendencias, se mueven crecientes intereses económicos que ven en la política de enfrentamiento con Cuba un obstáculo para hacer negocios. Pero es obvio que las presiones de estos sectores más proclives a una relación “normal” con Cuba, aunque ganan intensidad, todavía son insuficientes para llevar al proceso de “normalización” a un punto de no retorno. Y la decisión de Trump así lo demuestra.
 El presidente empresario manifestó que implementaría “una nueva política” hacia Cuba y que buscaría un mejor trato con las autoridades cubanas, e hizo hincapié en que se esforzará por hacer cumplir las leyes estadounidenses, especialmente el vigente bloqueo económico, comercial y financiero que ese país mantiene por más de 50 años contra el pueblo cubano.
 Como parte de su estrategia, anunció que evitará –sin decir cómo- que los dólares estadounidenses lleguen al “monopolio” militar cubano. En este sentido, reiteró que restringiría las relaciones de su Gobierno con las instituciones militares y de seguridad de Cuba, medida que pondría en riesgo todo lo avanzado en cuestiones de inmigración ilegal, tráfico humano, y colaboración en la lucha contra el narcotráfico.
 Tal vez la “iniciativa” de mayor impacto para ambos lados es la que intentará restringir las categorías de viajes que les permitía a los estadounidenses visitar Cuba, sin necesitar un permiso del Departamento del Tesoro. Aquí no hay nada nuevo, salvo el retroceso en la violación del derecho a viajar de sus propios ciudadanos. Para Cuba, el impacto no es despreciable, pues en el 2016 viajaron a la Isla más de 260 mil estadounidenses, cifra que fue superada en mayo de este año.
 Pero el Presidente dejó una puerta abierta a Cuba: si el gobierno de la Isla aspira a una relación normal con EE.UU. debe aceptar algunas exigencias. En la lista de condicionamientos no faltó ninguno de los que hicieron los presidentes que le antecedieron, incluyendo a Obama, quien fiel a su estilo seductivo, lo hizo de otra manera.
 Las exigencias y acusaciones de Trump fueron las más conocidas, las de siempre: legalización de partidos de oposición, elecciones libres y verificables, respeto a la libre expresión, terminar con los “atropellos” a los “disidentes”, liberación de “presos políticos” y entrega de supuestos fugitivos de la ley estadounidenses radicados en Cuba y de los “responsables” de la muerte de los pilotos de las naves que la aviación cubana derribó mientras violaban el espacio aéreo cubano en 1996.
 Explicar que cada una de estas exigencias contiene manipulaciones de hechos, mentiras y violaciones a la soberanía del pueblo y el gobierno cubanos, llevaría mucho tiempo y no es el objetivo de estas líneas. Sin embargo, se debe reiterar que la Revolución cubana nunca ha aceptado condicionamientos ni exigencias en negociación alguna. La soberanía en Cuba, es algo sagrado para su pueblo.
 Volviendo al discurso, se debe decir que no faltaron los sintagmas y las adjetivaciones contra la Revolución que lucieron más vetustos debido a los gestos corporales y faciales del empresario presidente.
 Pero lo más curioso, más allá de la narrativa hostil, es lo que no dijo Trump. El empresario no se refirió a las remesas, ni a los viajes a Cuba de los cubanos y las personas de origen cubano radicados en EE.UU., lo que hace suponer que no habrá restricciones a estos. Tampoco dijo nada sobre los incipientes negocios que ambos países desarrollan, especialmente las importaciones cubanas, los intercambios científicos y el de las líneas aéreas y de cruceros. En este último caso, materializarse la restricción a los estadounidenses, las afectaciones a estas empresas serían millonarias.
 No mencionó el empresario su postura sobre temas de emigración, por lo que se supone que no habrá un retorno a la política de “pies secos- pies mojados”. No obstante, la Ley de Ajuste Cubano, base legal de esa política, sigue vigente.
 Respecto a las relaciones diplomáticas, como de soslayo, el presidente dejó claro que las embajadas seguirán abiertas, algo que no arrancó aplausos.
 Si hiciera falta resumir la peroración del empresario presidente, distante de las maneras británicas de su antecesor, diríamos que fue una oratoria descontextualizada y añeja por el número de acusaciones, condicionamientos y reiteraciones de matrices anticubanas ancladas en los años de “guerra fría” en medio de las cuales, enumeró las medidas aquí analizadas. 
Habrá que esperar la concreción y alcance de sus “iniciativas” para evaluar los efectos reales en ambas orillas. Pero desde ya se puede afirmar que no representan para Cuba, en lo económico, una afectación sustancial, salvo el hecho de que se confirma que el bloqueo se mantendrá inalterable en el corto plazo.
 En lo político, el impacto es imperceptible, pues para la mayoría del pueblo cubano la naturaleza reaccionaria de las acciones de Trump no es desconocida y genera un rechazo generalizado por el burdo tratamiento a la Nación y al sistema político que nos hemos dado los cubanos.
 Bien lo reafirmó Fidel Castro en marzo de 2016, después de la visita de Barack Obama, cuando subrayó la determinación de nuestro pueblo a no olvidar el pasado y a bregar con soberanía: “Nadie se haga la ilusión de que el pueblo de este noble y abnegado país renunciará a la gloria y los derechos, y a la riqueza espiritual que ha ganado con el desarrollo de la educación, la ciencia y la cultura”.

Los puntos de vista y opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de Al Mayadeen.