Chiquita Brands International y Repúblicas bananeras van de la mano de Estados Unidos

Esa firma es en América Latina sinónimo de corrupción, de explotación al campesinado y al trabajador agrícola, de un poderoso interés capaz de cambiar gobiernos, financiar y preparar golpes de Estado, y cuanto se pueda imaginar para preservar sus intereses.

Chiquita Brands International y Repúblicas bananeras van de la mano de Estados Unidos.

En 1899 se fundó la United Fruit Company, que en 1970 pasó a denominarse Chiquita Brands International, instrumento usado por Estados Unidos para penetrar en algunas naciones de América Latina.

En Cuba, donde también era conocida como “Mamita Yunai”, su accionar iba acompañado de la Guardia Rural, un componente militar creado con la intervención estadounidense en la isla para reprimir, desalojar y hacer cumplir los designios de la empresa extranjera.

Así estuvo hasta que llegó el Comandante y mando a parar. El triunfo de la Revolución cubana y la proclamación de una Reforma Agraria fueron el tiro de gracia a los geófagos que se tragaban a ese país.

Mamita Yunai o como se le conozca, está íntimamente ligada al término de las “repúblicas bananeras”, el que ya en 1904, fue usado por el escritor estadounidense O. Henry para referirse a Honduras, país en el que se refugió tras ser acusado de malversación de fondos en Austin, Texas.

Henry usó el término “república” como eufemismo para identificar a una dictadura servil a los intereses de la oligarquía de plantación y monocultivo de plátanos, favoreciendo a los intereses de la UFCO.

Esta firma es en América Latina sinónimo de corrupción, de explotación al campesinado y al trabajador agrícola, de un poderoso interés capaz de cambiar gobiernos, financiar y preparar golpes de Estado, y cuanto se pueda imaginar para preservar sus intereses.

En su amplio prontuario se incluye su participación en una de las peores masacres colectivas de trabajadores en la región en el municipio de Ciénaga, Colombia (1928), el golpe de Estado contra el presidente de Guatemala, Jacobo Arbenz, en 1954, su participación en los preparativos de la invasión a Cuba por Playa Girón (1961), en el golpe de estado contra el presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya (2009), y así una interminable lista de hechos.

Incluso, hoy algunos expertos responsabilizan, en parte, a Chiquita Brands International con la ola de inmigrantes, principalmente centroamericanos que avanzan hacia las fronteras estadounidenses en busca de otros horizontes que le son negados en sus propios países de origen.

En términos generales, la industria del plátano está unida a las peores páginas de la historia latinoamericana.

Por ejemplo, el general Oswaldo López Arellano en 1972 dio un golpe de Estado y se convirtió, una vez más, en presidente de Honduras. Pero renunció tres años después al descubrirse que recibió 1,25 millones de dólares para que redujera algunos impuestos de la exportación de plátano de la firma estadounidense.

Chiquita está en el foco de acción por propiciar el golpe en Honduras contra Manuel Zelaya en 2009, que había aumentado 60 por ciento del salario mínimo, algo que costaría miles de millones de dólares a la transnacional.

Es achacable en cierta medida a la empresa estadounidense que Honduras, El Salvador y Guatemala, son países pobres, inestables políticamente y azotados por los índices de asesinatos más altos del mundo.   Eso también entra en los adornos de las repúblicas bananeras.

En 1932 se aplastó una revuelta campesina en El Salvador y 30 mil personas fueron masacradas en diez días, lo que se conoce como “La Matanza”. En la vecina Nicaragua el líder rebelde Augusto Sandino fue capturado y ejecutado en 1934 tras asistir a unas negociaciones de paz con el gobierno. Su movimiento fue aniquilado posteriormente, cuando el dictador al que apoyaba Estados Unidos, Anastasio Somoza, se hizo con el poder.

En 1944 varios oficiales progresistas del ejército de Guatemala ayudaron a derrocar a un dictador brutal y dieron paso a una década de sanidad, educación y reformas laborales.

Sin embargo, cuando el gobierno de Jacobo Arbenz empezó a redistribuir a los campesinos sin tierra algunas de las fincas sin explotar de la United Fruit, un golpe respaldado por la CIA quitó de en medio a Arbenz en 1954. A continuación, vino el habitual reino del terror que permaneció durante décadas.

Hay muchos ejemplos e historias y se queda corta una investigación de la editorial, Grove Atlantic cuando aborda "el involucramiento de la compañía en una invasión en Honduras, una masacre en Colombia y un sangriento golpe de estado en Guatemala".

Destaca que una parte de su capital es reinvertido en violar las leyes, lograr influencia, sobornar políticos, apoyar a escuadrones de la muerte o actuar con sus propias bandas de asesinos, para asegurarse más riquezas de la explotación de los obreros agrícolas.

Uno de los presidentes de la United Fruit, Sam Zemurray, es el autor de una frase de principios del siglo XX, que refleja la temprana calaña de la compañía: "En Honduras es más barato comprar un diputado que una mula".

Por otra parte, en la creación de las repúblicas bananeras están y estuvieron vinculados los más altos cargos en el gobierno estadounidense y la CIA. El caso de los hermanos Dulles, secretario de Estado y director de la CIA, indistintamente, es el más conocido.

Así en 1970, la United Fruit se fusionó nada menos que con Zapata Corporation, fundada por la familia de los Bush, y pasó a llamarse United Brands. En 1990 volvió a cambiar de nombre, para convertirse hasta hoy en Chiquita Brands. En Colombia y Honduras la compañía prosiguió sus prácticas y penetró el poder de estos países hasta los tuétanos.

Informes de prensa indican que desde 1997, Chiquita Brands pagó millones de dólares a las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia), grupo paramilitar, transportó las armas en sus barcos y dio órdenes para que eliminaran a dirigentes campesinos y sindicalistas, que se le enfrentaban.

La cifra de esta escalada de violencia no está determinada. No es hasta diez años después, en el 2007, que admite su felonía y paga una multa de 25 millones de dólares por decisión de una corte estadounidense. El acuerdo incluía no revelar a los ejecutivos implicados. El tema extradición apuntó a los presidentes Bush y al colombiano Álvaro Uribe.

Al parecer Chiquita Brands es consecuente con su tenebrosa y centenaria historia y sigue cambiando el dinero de los plátanos por políticos y militares, que le aseguren las ganancias de su cosecha, de ahí que se actualice el término de “Repúblicas Bananeras”.

Las ideas y opiniones expresadas en este artículo son las de los autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Al Mayadeen
Luis Beatón

Periodista cubano, ex corresponsal de PL en Estados Unidos

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