En peligro el legado de Rafael Correa

Enrique Román

Periodista, académico y comunicador cubano, analista de política internacional.
Han pasado varios años desde que vi en acción, por primera vez, a Rafael Correa. Un amigo me pasó una grabación donde el recién electo presidente ecuatoriano, de visita en Miami, enfrentaba las preguntas, mendaces y hostiles, de un conocido presentador local de televisión. La mayor parte del diálogo fue sobre Cuba.
La Revolución ciudadana, como llamó Correa a su proceso, se unió al conglomerado de movimientos populares, con un grado mayor o menor de radicalismo. Foto: Tomada de Google
La Revolución ciudadana, como llamó Correa a su proceso, se unió al conglomerado de movimientos populares, con un grado mayor o menor de radicalismo. Foto: Tomada de Google
Las preguntas repetían, con tanta inteligencia como maldad, los argumentos tradicionales de la extrema derecha miamense contra el proceso cubano.

La persona que me pasó el casette era, a mi juicio, uno de los polemistas más eficaces que tenía la diplomacia cubana.  Sin embargo, me dijo: a mí no se me hubiera ocurrido qué responder a varias de las preguntas.


Correa paseó la distancia, con una sonrisa en los labios, y desarmó por completo a su entrevistador. Su admiración hacia la Revolución cubana fue explícita y contundente.


Me fui sumando al criterio, pronto extendido en toda América Latina, de que el joven presidente ecuatoriano era uno de los líderes más lúcidos, valientes y combativos de la pléyade de dirigentes de izquierda que, en uno y otro país, trataban, dentro de los rígidos esquemas establecidos por muchos años de dominio oligárquico – electo o dictatorial –,  de llevar adelante programas de beneficio social y de disminución de las inequidades que hacen del continente el sitio del planeta donde las riquezas se distribuyen más desigualmente.


Diez años de Revolución ciudadana

Al cabo de diez años de ejercicio presidencial, para el cual fue reelecto con altas cifras de apoyo popular, el legado de su mandato era elocuente. Solo algunos datos:


  • Más de un millón de ecuatorianos habían superado el estado de pobreza, al descender este decisivo índice de 37,6 por ciento (2007) a 23,3 (2015), en particular en las zonas rurales, donde pasó, de un 61,3 por ciento, al 35,3.
  • La desigualdad en la distribución de las riquezas, que era escandalosa en el caso ecuatoriano, también se modificó: la relación del ingreso promedio del 10 por ciento más rico con relación al 10 por ciento más pobre, bajó de 42 a 25.
  • En la educación también el saldo fue favorable: el total de matriculados en las escuelas públicas pasó de dos millones 604 mil a tres millones 479 mil. Entre 2007 y 2015, la matrícula de la población más pobre se incrementó del 89,0 por ciento al 95,4 por ciento.
  • La economía ecuatoriana creció como promedio un 3,9 por ciento entre el 2007 y el 2015, mientras la latinoamericana lo hacía en el 2,9. La recaudación impositiva durante el mandato de Correa se triplicó, aumentando las posibilidades financieras del Estado para su obra social. El desempleo, mientras tanto, fue el más bajo de Sudamérica: un 4,3 por ciento.
  • El salario básico pasó de 160 dólares a 366 dólares, suficiente para la adquisición de la canasta básica.
  • El resumen no puede dejar de incluir la creación de 21 hospitales y la incorporación de 20 mil nuevos médicos en la medicina pública, lo que se refleja en el triple de consultas médicas en este sector.


Fueron el resultado de políticas populares y beneficiosas para los sectores más humildes.  Fueron políticas repudiadas por las poderosas oligarquías.


La mano oscura del imperialismo

Durante su mandato, Correa cometió dos costosos “pecados”.

Por una parte, en el año 2008 decidió no renovar el convenio con Estados Unidos que legitimaba el establecimiento en el puerto de Manta de una base militar, supuestamente dedicada a la lucha contra el narcotráfico.

Y más adelante, echó rodilla en tierra contra la gigantesca transnacional petrolera Chevron, cuya presencia en las zonas de la Amazonía resultaba un verdadero desastre para los ecosistemas ecuatorianos y las culturas vinculadas a él.

Había tocado dos puntos demasiado sensibles, y junto a sus políticas generales, se había convertido en un ente peligroso para los intereses estadounidenses en el país.


Y en América Latina

La Revolución ciudadana, como llamó Correa a su proceso, se unió al conglomerado de movimientos populares, con un grado mayor o menor de radicalismo, que ha caracterizado a América Latina durante varios años.  Formó parte además de un grupo de líderes como Chávez, Lula, Cristina, Lugo, Daniel o Evo Morales, que encabezaron movimientos de profunda renovación, según las características o posibilidades de cada país, y  que se convirtieron en una auténtica piedra en el zapato para las oligarquías latinoamericanas y para los intereses continentales de Estados Unidos.


Estos movimientos, que accedieron al poder y lo ejercieron según los cánones heredados de las sociedades liberales burguesas, tuvieron que enfrentar – y enfrentan - la reacción interna y su apoyo imperial en condiciones muy adversas.


Una de ellas es el esquema presidencialista de la organización del poder en América Latina.  La elección cada cuatro años de un presidente no daña la continuidad del poder oligárquico.  El presidente no importa: la reproducción del sistema está garantizada por el sistema mismo. 


Un cambio que suponga estremecer las estructuras tradicionales y los intereses a ellas vinculados no se resuelve en cuatro o cinco años.  Ni pueden aparecer líderes de gran capacidad de convocatoria, uno tras otro, en ese lapso. De hecho, el sistema parlamentario existente en Europa y en las islas anglófonas del Caribe, permite que un mismo dirigente encabece el país o sea designado más de una vez, mientras su partido siga venciendo en las elecciones. 


Llámense Felipe González en España o Benjamín Netanyahu en Israel. O, con signo diferente, Ralph Gonsalves en San Vicente y las Granadinas.


Es la razón principal por la que, en varios de estos países de vanguardia, se ampliaron los términos presidenciales y se legalizó la reelección.


Las consecuencias fueron las esperadas: los presidentes en tales casos fueron acusados de dictadores, pese al altísimo nivel de respaldo popular con que fueron elegidos. 


Y la pesada mano de los medios de comunicación adversos, casi todos los existentes en cada país, repitió hasta la saciedad la misma acusación.


Porque un mérito indudable de estos líderes y de estos movimientos es que se han desarrollado con la oposición radical y vocinglera de los medios de comunicación locales y extranjeros, que han martillado diariamente con los mismos epítetos y los mismos argumentos. América Latina ha carecido crónicamente de medios de comunicación públicos, y sus sistemas comunicativos siguen el patrón puramente comercial, proveniente del modelo estadounidense, asociados generalmente al gran capital.


El ¿relevo?

En tales condiciones, Correa decidió culminar su mandato, tras diez años de ejercicio.  Y entregó el batón a quien fue su leal y acrítico vicepresidente Lenin Moreno.  La continuidad parecía garantizada.


Pero la continuidad de un líder carismático y radical nunca está garantizada.


Desde Lenin (el verdadero) hasta hoy, son abundantes  los casos – pese a las conocidas excepciones - en que el continuador desvirtúa el camino original y, o lo convierte en otra cosa, o se vende a los enemigos. Mucho menos cuando falta una estructura partidista sólida, bien armada, que  garantice la continuidad por otros medios. 


Y las bases de apoyo previas suelen descomponerse y convertirse en uno más de los adversarios de la continuidad del proyecto anterior.  Las izquierdas suelen ser enemigas de la propia izquierda, para regocijo de los intereses reaccionarios.  Y el apoyo popular se confunde, se divide y se pierde.


Es lo que está ocurriendo en Ecuador

Lenin Moreno se ha desdicho de su trayectoria anterior junto a Correa, y ha pactado con los poderosos intereses archienemigos del correismo.  Ha entregado los escasos medios públicos para que se sumen al coro que defiende el viejo orden. Ha utilizado el mecanismo de la consulta popular, útil en otras ocasiones, para impedir el regreso en una futura elección de Rafael Correa.


Alianza País, el movimiento que junto a un grupo de compañeros, armó el presidente ecuatoriano, vive un período de incertidumbre y parálisis. Otras fuerzas de izquierda hacen causa común con sus rivales de la derecha.


Y una vez más, como ha sucedido otras veces, asistimos al insólito escenario donde sectores importantes de la población confunden al enemigo real y se suman al golpe restaurador, uno más en la secuencia que se desarrolla ante nuestros ojos, con pocas singularidades, en todo el continente.

La Revolución Ciudadana está en peligro.  Solo una reacción hoy  imprevisible de las fuerzas más lúcidas del Ecuador puede impedir su derrota.

Los puntos de vista y opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de Al Mayadeen.

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