El pueblo hondureño desafía en las calles a JOH y al Imperio

Carlos Aznárez

Especialista en política internacional y director del periódico Resumen Latinoamericano
Desde aquel nefasto día de junio de 2009 en que el ejército y la policía hondureña, cumpliendo órdenes de Washington, capturaron al presidente Mel Zelaya y se hicieron con el gobierno, la democracia dejó de existir en todos sus aspectos. Uno tras otro, los presidentes que sucedieron a Zelaya (Micheletti, Lobo y el actual Hernández) pueden considerarse como legítimos herederos de esa acción violenta e ilegal contra un gobierno al que el pueblo había votado. Por eso es que no puede extrañar lo que sucede por estas horas en que a través de un golpe electoral se pretende imponer la reelección del actual mandatario Juan Orlando Hernández, al que la gran mayoría de los hondureños y hondureñas nombran despectivamente como JOH.
El pueblo hondureño marca, en ese sentido, un ejemplo de lo que hay que hacer. Las calles son su mejor escenario para que el fraude no pase inadvertido.
El pueblo hondureño marca, en ese sentido, un ejemplo de lo que hay que hacer. Las calles son su mejor escenario para que el fraude no pase inadvertido.
Honduras no es un país más de Centroamérica, siempre, desde las aciagas épocas de la United Fruit Company hasta aquellos años de las bases paramilitares de la “contra” nicaragüense, el territorio siempre sirvió de sostén de las violentas políticas militaristas de Estados Unidos en la región. Palmerola y Mosquitia son nombres que significan mucho dentro de esa escena ya que en esos enclaves de la geografía hondureña se asientas dos poderosas bases militares norteamericanas, desde las que se sostiene la injerencia de ese país no solo en la política local sino que tiene influencia en todo el territorio centroamericano. La otra pata de la agresión es la propia embajada USA, que por estas horas es un hervidero de consultas entre dirigentes oficialistas y los jefes locales de la CIA. Avalando esa historia de intromisiones, el gobierno actual vuelve a mostrar su cara más impune pero también la más violenta. Todo vale para defender una reelección que es repudiada por las grandes mayorías.

Fueron muchos los que en plena campaña electoral del candidato Salvador Nasralla, de la Alianza de Oposición contra la Dictadura (nunca mejor el nombre elegido) comenzaron a vislumbrar que la tarea en la que estaban empeñados iba a ser más que difícil. Los futuros comicios olían a fraude por donde se los mirara, ya que el aparato oficialista no solo contaba con recursos económicos suficientes para imponer sus consignas mentirosas sino que muchos de los referentes de la oposición eran criminalizados, perseguidos y amenazados. Apoyado por el Partido Libre, al que seguramente no le alcanzaban los votos para ir en solitario, el periodista Nasralla debió radicalizar su discurso y ponerse a tono con la empresa en la que se había embarcado. Desde afuera de la coalición opositora, la sabiduría de los hombres y mujeres del Consejo de Organizaciones Populares e Indígenas (COPINH), la combativa organización a la que pertenecía Berta Cáceres hasta que fuera asesinada, denunciaba que acudir a las urnas en esas circunstancias no aseguraba nada bueno para los sectores populares. Y finalmente la advertencia se cumplió a rajatabla.

Nasralla gana la elección indiscutiblemente, pero el régimen manipula soezmente al Tribunal Supremo Electoral para que el recuento de votos prácticamente se paralice y una semana después de los comicios, utilizan la falta de resultados definitivos para vocear “la victoria” del actual presidente. De esta manera consolidan el fraude a la luz del día y ante una buena cantidad de observadores internacionales, algunos de ellos cómplices del robo, como son los de la OEA encabezados por el derechista y golpista boliviano Jorge “Tuto” Quiroga, y otros, un poco más “profesionales” en la tarea para la que habían sido convocados, atinan a protestar pero son arrollados por la ola mediática hegemónica y el silencio concesivo de los gobiernos de la región.

En esas circunstancias al pueblo hondureño, la verdadera víctima de estos reiterados atropellos, no le queda otra que insurreccionarse frente a un poder criminal, no solo por los muertos que ya suma a su cuenta en estas últimas horas, sino por las decenas de asesinados y asesinadas bajo el mandato de JOH, en que dirigentes sociales, estudiantes, campesinos, periodistas cayeron todos ellos bajo las balas asesinas de cuerpos policiales militarizados como los que en la noche del viernes ejecutaron a la joven Kimberly Dayana Fonseca, mientras repudiaba el fraude con sus vecinos.

No se trata de un pueblo más cuando se habla del hondureño, es el mismo que durante casi un año -desde el derrocamiento de Zelaya- no dejó de movilizarse un solo día, bloqueando carreteras y generando protestas gigantescas que asombraron al mundo, un pueblo que supo unirse en un Frente de Resistencia y que solo comenzó a perder fuerza cuando apareció en el horizonte la tentación del camino electoral. Ahora volvió a insistir en esa trayectoria y otra vez, el imperio -el auténtico gestor de lo que piensa y hace su títere JOH- demostró que ni siquiera está dispuesto a dejar pasar una instancia moderada de oposición, que Honduras es su colonia y que si tiene que volver a masacrar como en tiempos de la United Fruit no dudará en hacerlo.

Por eso es que quienes hoy están peleando en las calles contra la prepotencia policial-militar -todo ellos, el Partido Libre, los seguidores de Nasralla, el COPINH y hasta el Partido Liberal de Luis Zelaya- saben que ya no tienen nada que perder y que se juegan otra vez la vida en la pulseada. Pero además, están mostrando al continente que no es hora de retrocesos ni titubeos frente a una embestida derechista recolonizadora que golpea a cada puerta. Estados Unidos, su Comando Sur, sus multinacionales y sus avanzadas paramilitares “disciplinadoras” vienen por todo. Tratan de imponer una matriz que busca hondureñizar al continente, como bien sostuviera en las últimas horas un referente de Derechos Humanos de ese país. Que lo logren o no, dependerá de la resistencia que encuentren en el camino. El pueblo hondureño marca, en ese sentido, un ejemplo de lo que hay que hacer. Las calles son su mejor escenario para que el fraude no pase desapercibido, para visibilizar a nivel internacional de qué se trata la “democracia” de JOH y su mafia, y también para replantearse a la luz de lo sucedido el domingo de comicios, qué tipo de proyecto de poder hacen falta para que la Patria de Morazán renazca entre sus propias manos. Como en 2009, en los barrios y en las carreteras bloqueadas por miles de manifestantes se vuelve a escuchar aquella consigna que se hizo himno: “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”, seguido de otra más actual: “Fuera JOH, fuera JOH”. ¿Qué esperamos para hacer sentir el calor de la solidaridad pueblo a pueblo antes de que se demasiado tarde?

Los puntos de vista y opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de Al Mayadeen.