Enrique Román

Periodista, académico y comunicador cubano, analista de política internacional.

Corea sí, ¿Irán no?

Muy probablemente hoy el presidente Día 8 Donald Trump deberá pronunciarse sobre la continuidad o no de la participación de su país en el acuerdo sobre el programa nuclear de Irán.

Trump, luego de echar por tierra según parece el acuerdo con Irán sobre su programa nuclear pacífico, se sentará en un país neutral a discutir con Un, líder de una potencia militar nuclear.

Es el caso en que una paradoja puede ser aparente y también real.

Muy probablemente hoy  el presidente Día 8 Donald Trump deberá pronunciarse sobre la continuidad o no de la participación de su país en el acuerdo sobre el programa nuclear de Irán.

Fue un acuerdo trabajoso, que reunió los criterios de seis países, incluidos los propios Estados Unidos y varios de los principales países europeos.  Finalmente, el tratado aprobado relajó las sanciones occidentales sobre Irán y a cambio este país enmarcó su programa de desarrollo nuclear en lo que siempre había sido: un programa de desarrollo pacífico.

Las iras de Trump respecto al acuerdo datan de su propia campaña electoral, y más que el resultado de un frío análisis parecían motivadas por su repudio visceral a todo lo que pudiera sonar a Barack Obama.

Dijo que era un acuerdo mal hecho, el peor de los acuerdos posibles, un horrible acuerdo, un acuerdo que debía revocarse  y cosas así.  De inmediato recibió aplausos de los mismos que hoy lo impelen a cumplir aquella promesa de campaña.

La otra historia también es bien conocida.  Luego de improperios personales no carentes de pintoresquismo y mal gusto – pequeño hombre cohete, mi botón es más grande que el tuyo -  contra el líder norcoreano Kim Jong Un – y de alguna respuesta de este en el mismo sentido, es verdad -, después de amenazar nada menos que ante la Asamblea General de Naciones Unidas con borrar del mapa a todo el país norcoreano, las cosas comenzaron a salirle mal.

De inicio, su secretario de Estado de entonces, Rex Tillerson, prefirió recorrer el camino de las negociaciones.  Trump lo recriminó.

China también tomó cartas en el asunto.  

Y luego, para sorpresa general, el proceso de acercamiento entre ambas Coreas, que ya tenía una historia de altibajos, conoció su cenit.  En una escena que años atrás hubiera parecido de ciencia ficción política, los máximos dirigentes de los dos países se daban la mano en Panmunjong.

Uno de los lugares más tensos del mundo era escenario de saludos, apretones y sonrisas. 

“Podemos empezar por sincronizar nuestros relojes.  Que sea la misma hora en el norte que en el sur”, propuso Un. Todo un símbolo.

¿Tuvo que ver Estados Unidos con este asombroso giro? La verdad es que poco importa.  En mi cabeza resonaban aun las amenazas de Trump.  Quien parece haberse dado cuenta de que el mundo iba en dirección contraria cuando decidió navegar, no contra una corriente en cuya formación no parece haber tenido mucho que ver personalmente, sino a favor de ella.

Para Trump ahora – y si usted no lo ha hecho, habitúese a los giros bruscos de criterios del conspicuo presidente estadounidense – Kim Jong Un se ha convertido en un líder “muy abierto”, y “muy honorable”.

La paradoja es aparente

La paradoja es aparente, porque salvo sus respectivos desafíos a la hegemonía estadounidense en sus respectivas regiones y ser el tema nuclear el centro  declarado de la inquietud estadounidense, las diferencias son muy grandes.

El programa nuclear de Irán tiende al uso pacífico de esta importante fuente de energía.  El tratado en cuestión incluso cerraba toda posibilidad de que el país pudiera comprometerse en una modificación bélica de sus investigaciones nucleares en diez años o más.

Su fuerza coheteril, convencional, no amenaza a Estados Unidos: este país tiene cifras modestas de tropas en la región, con excepción de Afganistán, que no aparece en el horizonte geopolítico de la problemática mesoriental de hoy. 

El caso, como se sabe, es radicalmente diferente en el caso de Corea.  Su programa nuclear es básicamente bélico y sus últimos misiles tienen posibilidad, al menos teórica, de alcanzar las costas estadounidenses.

Que si fuera este el propósito, no haría falta:  Estados Unidos tiene basificados en Corea del Sur, a tiro de piedra del Norte,  cerca de 26 mil hombres, de todas las armas, y unos 40 mil en Japón. 

 


Trump acuerda lugar y fecha de su reunión con Un.

Ciertamente Corea del Norte subió sus apuestas hasta límites peligrosos.  Los norcoreanos se han hecho unos expertos en este juego y han cobrado una fina sensibilidad sobre los límites exactos de sus  riesgos.

Y si no, véanse los resultados: Trump, luego de echar por tierra según parece el acuerdo con Irán sobre su programa nuclear pacífico, se sentará en un país neutral a discutir con Un, líder de una potencia militar nuclear.

Otro momento de ciencia ficción.

Hay muchas más diferencias.  Entre ellas, solo una: Irán no ha amenazado a Estados Unidos.

El problema es otro.  Las guerras americanas en el Medio Oriente después del 2001- y siguen las paradojas -  liberaron a Irán de dos amenazas notorias: Saddam Hussein y los talibanes. 

El país predominantemente persa vio el camino libre para convertirse en uno de los más poderosos de la región.

Sus nexos de todo tipo con Siria y con la población chiita del Líbano ampliaron  extraordinariamente su radio de influencia.  La unidad entre estos países, de los cuales Irán es el más desarrollado, el más rico, el más poderoso, se explica entre otras cosas por su vertical posición anti sionista y por su oposición a los aliados del mayor aliado de Israel. 

Con argumentos sacados de un viejo archivo, Netanyahu ha vuelto a avivar sus viejas banderas guerreristas contra Irán.  Arabia Saudita guarda las formas, pero al final coincide con estas posiciones. 

La paradoja es real

Pero la paradoja también es real.

O se está por resolver los diferendos internacionales por vías pacíficas, o no se está. 

Trump será aplaudido, más allá de la historia relatada, por haberse sentado a conversar con Un.

Pero al renunciar al procedimiento pacífico para enfrentar sus diferencias con Irán, no hará otra cosa que echar leña a un fuego que se sabrá por dónde comienza pero nunca dónde terminará.

Sus aliados en la región estarán a cargo de los aplausos en este caso.  Pero tendrán que asumir, en primera instancia, las consecuencias.

Irán no es cualquier país.  Tiene grandes riquezas naturales, es heredero de una civilización no solo añeja, sino sabía.  Tiene capital científico para mantener un alto ritmo de desarrollo.  Es militarmente muy fuerte. Puede, por lo tanto, retomar su programa nuclear, pero ahora libre de las ataduras previas y en riposta a la agresividad estadounidense y de quienes los acompañan.

Y está en el mejor momento para no ceder a ninguna presión. 

Por último, un corolario de una renuncia al tratado firmado por Irán sería que esta acción fuera muy seriamente meditada por Corea del Norte.  Estados Unidos, verían, no es serio en sus compromisos, y menos sobre el tema nuclear (hay otros antecedentes).  La denuncia del tratado podría repercutir negativamente en el intento con Corea del Norte. La confianza difícilmente lograda, si es que se ha logrado, saldría muy maltrecha de esta experiencia.