Enrique Román

Periodista, académico y comunicador cubano, analista de política internacional.

Venezuela: Los árboles y el bosque de la propaganda contrarrevolucionaria

Nicolás Maduro y la revolución bolivariana han vivido bajo un fuego en toda la línea de los medios de comunicación de su país e internacionales, y bajo las más disímiles presiones políticas, internas y externas.

Maduro ha sido reconfirmado como presidente constitucional, con el apoyo vigoroso de una masa militante y movilizada, unida.

Nunca dudé de la victoria de Nicolás Maduro.

En primer lugar, porque siempre confié en la limpieza del escrutinio, aun cuando sobre él pesaba un gran fardo de animosidades que no se pueden controlar en todos los casos desde el centro.

Fue una elección limpia. Henri Falcón se retiró porque sabía que estaba perdiendo. De forma irremisible. Un audio expuesto en Twitter por un enemigo de Maduro, pero también de Falcón, presenta una llamada telefónica de uno de los principales jefes de campaña del opositor, quien confiesa que los sondeos a boca de urna –hechos por el propio equipo de Henri Falcón– daban por perdida la elección.
Una forma elegante entonces de obviar la derrota era abandonando el campo de batalla. En esto, Falcón, antiguo chavista, antiguo caprilista, tiene una buena historia recorrida.

¿Y el abstencionismo?

Quien tenga tal preocupación, o no sigue las noticias de América Latina o no pasó los primeros exámenes de matemáticas.

No hay casi ningún presidente en el continente cuyas elecciones no hayan tenido una abstención entre los votantes de menos de un 40 o un 50 por ciento.

Si de ese modo se va a desautorizar el resultado venezolano, habría que desautorizar también una larga lista, donde están incluidos los mandatarios colombiano y chileno.

Y ni hablar del impuesto presidente brasileño: no fue electo por un solo voto, sino por una infame maniobra palaciega.

Ni Estados Unidos

Tampoco se salva Estados Unidos.

Si mis datos son correctos, Donald Trump ganó la presidencia –es un decir, todos sabemos que perdió el voto popular– con 62 662 985 votos, un 46,4% de los votantes, con una abstención del 48 por ciento.
Si se aplicara la misma ecuación a Maduro, vemos que fue electo con un 68% de los votos, y con una abstención de alrededor del 52%.

Es decir, que el abstencionismo venezolano está dentro de los parámetros habituales de todo el continente, en elecciones de las cuales los grandes medios no protestan ni los gobiernos retiran a sus diplomáticos, en represalia, del país en cuestión.

Solo que el chavismo nos tenía acostumbrados a cifras más altas de participación en los 25 procesos electorales en los que ha participado y ganado en todos los casos, salvo en dos ocasiones.

No podía ser de otro modo. Nicolás Maduro y la revolución bolivariana han vivido bajo un fuego en toda la línea de los medios de comunicación de su país e internacionales, y bajo las más disímiles presiones políticas, internas y externas.

Muy negativas matrices de opinión se han instalado en la visión que hoy predomina en una buena parte del mundo sobre la realidad venezolana. Esto, y el desgaste lógico del ejercicio del poder en un proceso revolucionario combatido, vituperado, saboteado y sancionado por los grandes poderes económicos, nacionales e internacionales, tenían que surtir algún efecto.

Las críticas al proceso electoral, no pueden referirse a la forma en que este se desarrolló, dijo uno de los observadores internacionales en una exposición pública. Todas las objeciones que nos han llegado son argumentos de tipo político, que nada tienen que ver con el desarrollo de los comicios, agregó.

La oposición ¿unida?

Vendría entonces la tercera objeción: ¿y si la oposición hubiera participado plenamente?

Bueno, mi comentario intenta ser un comentario serio. Esta posibilidad solo podría considerarse como una broma.

La revolución bolivariana, hace rato me convencí de ello, no ha contado nunca con una oposición seria. El golpe de estado fugaz, relampagueante, contra Chávez, fue un doloroso paso de comedia. Nunca olvidaré el video de la última reunión que dio, ante un salón colmado de elegantes oyentes, el presidente efímero que surgió de aquel episodio.

En medio de su retórica, le avisan que todo ha fracasado. En las imágenes se le ve, a él, a sus acompañantes en la mesa y a toda la audiencia, recoger sus papeles y emprender la fuga a toda velocidad.

Después han venido los personajes y personajillos, todos disputándose entre sí las tajadas de hoy, aquellas que suministran quienes sostienen esta disidencia, y sobre todo las prebendas por venir. No es poca cosa. Sería el regreso de la gran oligarquía venezolana al disfrute de las riquezas de ese gran país. Y a la sumisión al gran padrino del norte.

Hace pocos días se informó sobre una manifestación contra el gobierno de Nicolás Maduro. Un grupo de caraqueños decidieron salir a la calle y se dirigieron con sus protestas, no a la estatua de Simón Bolívar, sino al edificio de la Organización de Estados Americanos. Del ministerio de colonias yanqui, legitimador de tantas intervenciones en América Latina. A confesión de partes, relevo de pruebas.

Una participación unida de toda la llamada oposición venezolana hubiera sido un hecho de la imaginación o un episodio de ciencia ficción.

Pero olvidémonos de las elecciones. Maduro ha sido reconfirmado como presidente constitucional, con el apoyo vigoroso de una masa militante y movilizada, unida –como no lo logrará nunca la oposición.

Son los beneficiarios de las políticas sociales de la revolución, fogueados ahora en la intensa lucha que han enfrentado y sin duda enfrentarán. La reacción interna y externa agredirá en lo adelante con fuerza redoblada. La propaganda contra la revolución se incrementará.

Porque lo que ella busca no es la limpieza de unas elecciones, ni siquiera el destino del pueblo venezolano. Lo que anima a los opositores, y a quienes los mandan, es el derrocamiento de la revolución bolivariana. El regreso de las grandes oligarquías al poder.

Que los árboles de la propaganda mediática, martillando día a día, no nos impidan ver el bosque: de lo que se trata es de eliminar del paisaje latinoamericano una revolución tan profunda como simbólica para el destino del continente.