Yerko Ortega

Analista político internacional

Gira de MBS: entre hipocresía, cortinas de humo y claridad popular

El 22 de noviembre pasado, el príncipe heredero de la corona saudita, Mohamed Bin Salman (MBS) iniciaba en los Emiratos Árabes Unidos, una gira internacional que lo llevaría por “países árabes hermanos”, según la agencia de Prensa estatal Saudí (SPA) y hasta Argentina, donde se realizará la cumbre del G20 a finales de mes.

El príncipe heredero saudí, Mohamed Bin Salmán (centro), este viernes durante su visita oficial a Emiratos Árabes. Foto: EFE

En Los Emiratos, MBS fue recibido calurosamente por su más cercano aliado, el príncipe de Abu Dabi, Mohamed Ben Zayed. Esta primera escala, con la de Bahréin, serán las únicas en “tierra amiga” para un Príncipe saudí al centro de las críticas tras el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en el consulado saudí en Turquía el pasado 2 de octubre. Nunca antes un monarca saudí había sido tan atacado por la prensa occidental que pretende haberse enterado de la barbarie del régimen saudí con el descuartizamiento del columnista del Washington Post por esbirros de los servicios de inteligencia saudí.

Además de Los Emiratos y Bahréin, la gira en tierras árabes pasaría también por Egipto, Túnez, Mauritania y Argelia, aunque el gobierno argelino no ha confirmado oficialmente la visita aún.

En tanto, en Egipto, Argelia, Túnez y Mauritania, diversas organizaciones populares, sindicatos y partidos políticos han manifestado en los medios de comunicación tradicionales y en redes sociales, en peticiones y en cartas abiertas a sus gobernantes, su rechazo a la visita aludiendo a la responsabilidad de MBS en la muerte de centenares de miles en las guerras de Siria y Yemen, y a sus intentos de “normalización” con (Israel) así como al asesinato de un periodista. Un rechazo popular y digno que contrasta ciertamente con la actitud ambigua y oportunista de ciertos gobiernos árabes dependientes de los petrodólares saudíes, pero mucho más con las lágrimas de cocodrilo vertidas por los medios hegemónicos y las capitales occidentales.

Si claramente la gira de MBS es una operación política y mediática para romper su aislamiento, las razones del ensañamiento de la prensa occidental en contra del príncipe saudí, un aliado estratégico tradicional de Occidente en sus planes para el Medio Oriente son mucho más turbias.

Es difícil no hacer un paralelo con el tratamiento de choque que esos mismos medios le brindan a Donald Trump desde que estuvo en posición de ganar las elecciones. Los grandes medios respondiendo a facciones de la élite desplazada del poder atacan al actual inquilino de la Casa Blanca y a su red, y resulta que MBS es una pieza clave de la red tejida por Trump y su yerno Jared Kushner en el Medio Oriente. El príncipe Bin Salman también desplazó a otras facciones de la élite saudí aunque no a través de una contienda electoral, sino a través de un brutal golpe de palacio.

Atacar a Bin Salman significa debilitar a Donald Trump y no faltan, en el campo occidental como en el mundo árabe musulmán, sectores descontentos con las políticas diseñadas por la Casa Blanca en un periodo histórico marcado por un debilitamiento creciente de la hegemonía imperialista occidental. Ambos parecen estorbar mientras Al Assad sigue firme en Siria y no hay quien detenga el avance de China.

Sin embargo ni Trump, ni MBS tienen el monopolio de la barbarie. La alianza entre Washington y Riad tiene un largo historial de guerras y masacres, de obsesión con la república islámica de Irán y de anticomunismo, y además comparten la paternidad sobre Al Qaeda y Daesh. Esta Alianza, incluyendo el tercer socio cada vez más público que es (Israel), ha fomentado todas las guerras que destrozaron al Medio Oriente en los últimos 70 años. El salvajismo de la guerra saudí en contra del pueblo de Yemen, más que la obra de un principito sanguinario e irresponsable, es la marca de fábrica de la Casa de los Saud, de esa alianza nefasta y del imperialismo en general.

En este marco de disputa entre las élites mundiales, resulta casi normal que fuera el gobierno de Turquía, un país de la OTAN, un ex socio de Arabia Saudita y Occidente en el intento de tumbar a Bashar Al Assad, el que divulgara el asesinato de Khashoggi al mundo, con lujo de detalles espantosos y grabaciones ilegales ante el derecho internacional. Por un lado, en reacción al golpe de Estado en su contra orquestado por la administración Obama y los ataques actuales en contra de la economía turca por parte de Washington, Erdogan fomenta las divisiones internas en los Estados Unidos ofreciéndole a las facciones anti-Trump una forma de atacarlo y por el otro, Ankara, golpea a su mayor competidor en la pugna por la hegemonía en el mundo sunita. Es que Turquía prácticamente fabricó el caso Khashoggi usando la torpeza de un príncipe brutal pero novato.

Los europeos también están ajustando sus cuentas con Washington presionando a MBS. El retiro de los EEUU de los acuerdos nucleares con Irán y la reanudación de las sanciones unilaterales puso a grandes empresas transnacionales europeas ante la disyuntiva de retirase de jugosos negocios en Irán o ser sancionadas y perder el acceso al mercado norteamericano y a su sistema financiero. Y es así como la estatal china de hidrocarburos CNPC se hizo con el proyecto de explotación de gas en el golfo pérsico inicialmente asignado a la francesa TOTAL.

Dentro de la normalidad está también que Irán y Qatar aprovechen al máximo el evento en su pugna con Riad y Washington. Sus medios estatales haciéndose eco de la campaña anti MSB, y el presidente Rohani declarando que a su juicio, ningún país se atrevería a asesinar a un opositor en el extranjero, sin el apoyo de los EEUU. Por otro lado, Qatar se activó movilizando, con Turquía, a sus aliados de la Hermandad Musulmana y sus partidos políticos que hacen vida en los países que visitará MSB.

Solo nos queda recordar aquí, que el asesinato de Khashoggi ocurrió el 2 de octubre, y la cobertura mediática masiva del tema empezó el 6 de octubre, un día después de que Arabia Saudita y Rusia firmaran en Moscú diversos acuerdos relacionados con inversiones conjuntas en mercados petroleros, la energía nuclear de uso civil y armamento. Dichos acuerdos firmados por el rey Salman y Vladimir Putin abrirían la vía hacia una mayor colaboración en lo energético y lo militar entre los dos países, algo que no debe haberles caído muy bien a sectores determinados, tanto en Arabia Saudita como en los Estados Unidos, deseosos de mantener viva la alianza basada en el viejo Pacto del Quincy.

Es así que, extrañamente, vemos hoy como, tanto los medios hegemónicos como anti hegemónicos, atacan a MBS y por extensión, hacia Donald Trump, a través del caso Khashoggi, creando un sentimiento de indignación que pudiera parecer casi transversal. El peligro está en que, personalizando de esa forma a la política perdemos de vista la perspectiva histórica. Los medios privados occidentales dejan al imperialismo, sus estructuras y sus formas, actuar en la sombra para la mayoría de la opinión pública, al tiempo que alimentan el desprecio de las masas hacia MBS y Trump. Es difícil saber si la idea es continuar esta campaña hasta tumbar a Trump o a MBS vía un impeachment o un golpe de Estado y preparar su remplazo, pero lo que si sabemos, es que a menos de una revolución en los EEUU o en Arabia Saudita, estén quienes estén al mando en Washington y Riad, se seguirán aplicando las mismas políticas intervencionistas y guerreristas.

Por esto es tan importante mostrar en los medios populares y anti hegemónicos que las organizaciones populares en los diversos países que visitará MBS no se movilizarán únicamente en reacción al asesinato brutal y abominable de un periodista, que por cierto, fue un agente de la inteligencia saudí, apoyó a las agresiones de Riad en contra de Siria y Yemen, y llamó a bombardear a Irán, sino esencialmente en contra de la visita de uno de los responsables de las guerras imperialistas que destrozan naciones e hicieron millones de muertos en el Medio Oriente y en contra de la normalización de las relaciones de los países árabes con (Israel), que el príncipe aplica entre otros gobernantes del Golfo, en una nueva traición al pueblo palestino.