Guadi Calvo

Escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central

Libia: Refugiados entre el mar y la sangre

Si bien la responsabilidad de Occidente en el drama libio es incontrastable, tanto Europa que lucha para impedir la llegada de nuevos refugiados y Estados Unidos que parece beneficiarse de la crisis europea producida por estos flujos humanos, nadie parece recapacitar que hay un millón 200 mil seres humanos entre el mar y la sangre.

Campamento de refugiados de Tajoura en Libia, posterior al ataque aéreo.

Un nuevo capítulo se suma a la sangría libia, cuyos únicos responsables son Estados Unidos, Europa y un puñado de naciones árabes, encabezadas por Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Kuwait y Qatar.

Apenas unos días atrás describíamos la retoma de la estratégica ciudad de Gharyan, a 90 kilómetros al sur de Trípoli que, en el mes de abril, había sido capturada por el Ejército Nacional Libio (ENL) del general Kafhila Haftar y que las fuerzas del Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA), impuesto por Naciones Unidas y presidido por el arquitecto Fayez al-Sarraj, con sede en Trípoli, retomó el pasado miércoles 26 de junio.

Haftar había prometido una respuesta “sangrienta”, y ya está cumpliendo. Este último martes se conoció que aviones que responden a Haftar atacaron el centro de detención de Tajoura, a unos 14 kilómetros al sur de Trípoli, donde se encontraban al menos 800 refugiados que habían sido detenidos días antes cuando intentaban llegar a Europa cruzando clandestinamente el Mediterráneo, dejando al menos 63 muertos y unos 120 heridos. Tajoura ya había sido atacado desde el aire el 7 de mayo pasado y dos civiles resultaron heridos.

Ghassan Salamé, enviado especial de Naciones Unidas a Libia, dijo en París: “el ataque, claramente, podría constituir un crimen de guerra, ya que mató por sorpresa a personas inocentes cuyas condiciones extremas les obligaron a estar en ese refugio”. En la misma dirección se expresó la Alta Comisionada de la ONU para los derechos humanos, Michelle Bachelet, que declaró que los ataques aéreos podrían constituir un crimen de guerra.

Este es el número más alto de muertes reconocidas oficialmente en un ataque aéreo de las fuerzas de Haftar, desde que lanzó la ofensiva de abril, que se creía iba a ser mucho más sencilla, cuyo fin era tomar Trípoli y conseguir así el reconocimiento internacional como jefe del estado libio o las hilachas que de él quedan.

Según informes locales, las víctimas de los ataques se encontraban recluidas en un hangar, que sufrió de manera directa, mientras que en el predio del complejo de detención había unas 600 personas más, incluidos muchos niños.

El Ejército de Haftar negó su responsabilidad, de los ataques, aunque el día lunes Mohammed al-Manfour, comandante de la fuerza aérea, anunció que su fuerza iba a intensificar los ataques contra las fuerzas de Trípoli. Desde la ofensiva del 4 de abril ya se han registrado más de 800 muertes.

Tanto los voceros de Haftar como los de Al-Sarraj cruzan acusaciones acerca de la responsabilidad de este último ataque. Según las fuerzas de Al-Sarraj, el centro de Tajoura no había podido ser evacuado por la presencia cercana de tropas del general Haftar. Mientras, el Ejército Nacional Libio acusa a Trípoli por haber ocupado ese predio con civiles.

Por su parte, la ONG Exodus afirmó que más allá de la responsabilidad del ataque, ambos bandos utilizan a los refugiados como escudos humanos, además de infiltrar en los centros de detención milicianos y armamentos.

Los responsables europeos del control de refugiados, desde hace más de dos meses conocían los peligros que estaban atravesando las 3 mil personas detenidas en los centros de detención, debido a que los ataques aéreos y de artillería se aproximaron peligrosamente a las áreas donde se asientas esos campamentos.

A pesar de que Naciones Unidas dispuso el embargo de armas, ambos bandos siguen recibiendo ingentes cantidades de insumos bélicos. En los arsenales de Haftar, abandonados en la ciudad de Gharyan, se ha encontrado armamento de fabricación norteamericana y francesa, provistos por los Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Egipto, mientras que las tropas que responden a Trípoli, cuentas con el abastecimiento de Turquía y Qatar.

A mediados de junio, Túnez, Argelia y Egipto habían denunciado el flujo permanente de armas y mercenarios extranjeros para integrase a las filas del general Hafthar

Por otra parte, la evidencia de la intervención extranjera en Libia es cada vez más patente, como lo demuestra la disputa diplomática entre el Cairo y Ankara, que no deja de trepar desde hace semanas, acusándose mutuamente de transferir armas a uno y otro bando. Tras el bombardeo al campo de detención de refugiados, el presidente norteamericano Donald Trump, ordenó a sus representantes en el Consejo de Seguridad de la ONU, bloquear cualquier tipo de condena al hecho, que se intentaba votar en la reunión de emergencia.

Condenados a la espera

Casi un millón y 200 mil personas están acechantes en diferentes centros y campamentos ilegales, en espera de la oportunidad de alcanzar costas europeas, lanzándose al mar en improvisados lanchones que con mucha frecuencia naufragan sumando más muertos a este holocausto del que nadie quiere hacerse responsable. Europa solo ejecuta políticas de contención para que los refugiados sean detenidos incluso antes de ingresar a territorio libio, tanto desde el sur como del este.

Los que ya han alcanzado alguno de los puertos de donde salen los traficantes, corren el peligro de ser detenido y recluidos en centros de detención administrados por el gobierno de Trípoli, a los que los grupos de derechos humanos denuncian de tener condiciones infrahumanas.

Mientras los poderes centrales de Occidente, intentan ocultar el drama que ellos organizaron y llevaron a cabo, nadie se hace cargo de los nuevos muertos en el campo de Tajoura, detenidos cuando intentaban cruzar el Mediterráneo y enviados a campos cercanos a los lugares de combate.

Desde que empezó la ola de refugiados hacia Europa en 2014, se calcula que el número de ahogados ha llegado, oficialmente reconocidas hasta 2018, a 17 mil 900 víctimas sin que se conozca el paradero de otras 12 mil, que bien podrían haber muerto y sus cuerpos desaparecidos. En los que va de 2019 el número de ahogados en el Mediterráneo ya ha superado las mil víctimas.

En tierra firme además de los ataques de los bandos rivales, la vida de los refugiados está siendo diezmada por diferentes enfermedades. Se conoce que al menos 25 personas han muerto por tuberculosis en Zintán al sur de Trípoli, desde septiembre pasado.

En julio del año pasado, miembros de Human Rights Watch que inspeccionaron los centros de detención en Trípoli, Misrata y Zuwara, los describieron como de “condiciones inhumanas”, dado el hacinamiento severo, fala de higiene, comida y agua escasa y de mala calidad.

El panorama para los refugiados además se agrava por la violencia por parte de los guardias, incluyendo palizas, azotes, uso de descargas eléctricas y violaciones constantes. Además, se han conocido muchísimos casos de refugiados que han sido secuestrados para ser vendidos como mano de obra esclava y muchas mujeres introducidas en las redes de prostitución.

Si bien la responsabilidad de Occidente en el drama libio es incontrastable, tanto Europa que lucha para impedir la llegada de nuevos refugiados y Estados Unidos que parece beneficiarse de la crisis europea producida por estos flujos humanos, nadie parece recapacitar que hay un millón 200 mil seres humanos entre el mar y la sangre.