Enrique Román

Periodista, académico y comunicador cubano, analista de política internacional.

El incierto futuro de John Bolton

El mundo sería un lugar más tranquilo si John Bolton dejara de hablar al oído del impredecible Donald Trump. No nos apuremos. Parecería que esto está sucediendo.

El incierto futuro de John Bolton

El desfile de contradicciones entre el presidente y su asesor de Seguridad Nacional se incrementa cada día. Cómo concluirá es la pregunta que todos se hacen, en los centros de decisión política del mundo y en los propios Estados Unidos.

El último incidente fue mayúsculo. Como todos sabemos, Donald Trump ha seguido una política de más y de menos con el tema coreano. Luego de cruzar insultos con el líder Kim Jong Un, pasó a considerarlo como un amigo.

Luego, en las conversaciones en Hanoi en febrero, los pasos adelantados se retrajeron. La reunión fue un desastre y todo parecía regresar a la hostilidad previa.

Aquí, un alto: la agenda para estas conversaciones frustradas parece haber sido dictada por Bolton y contemplaba todo lo que los dirigentes norcoreanos no podían admitir.

Ahora hemos regresado, en el propio Panmunjon, a la fase positiva. Y de qué manera. Con Trump, en uno de sus impromptus característicos, convirtiéndose en el primer presidente estadounidense que se adentra en territorio de Corea del Norte.

¿Sabía Trump la gran cantidad de conclusiones que se derivaban de su gesto? Seguramente no. Lo que importaba era el gesto. No os asombréis.

Vivimos en la era de Donald Trump.

Pero el asunto tenía mucho más calado. Bolton había defendido a toda costa, hasta entonces, la presión sobre los norcoreanos para que desarmaran totalmente su capacidad nuclear, incluyendo su armamento. Todo a cambio de nada.

Según trascendidos, esta vez el planteamiento cambió a una posición más flexible: solicitar la detención del programa nuclear, pero sin hacer mención del armamento que ya existe.

¿Qué pensaba Bolton de esto? Es difícil saberlo. El asesor de Seguridad Nacional se encontraba consultando profundos “temas de seguridad regional”… en Ulan Bator, con funcionarios mongoles de nivel no determinado.

La humillación fue absoluta. A Trump lo acompañaba el comentarista de Fox News, la única estación de televisión por la que se informa el presidente, Tucker Carlson. Carlson, tan reaccionario como el que más, días antes había arremetido en toda la línea contra Bolton.


Una historia reciente

El veterano John Bolton, desde su nombramiento, ha aparecido sucesivamente como promotor de acciones que, si bien parecen resonancias del tono agresivo de su jefe, también tienden la sombra de una duda que este comentarista tiene desde su nombramiento como asesor de seguridad nacional de Trump: ¿podrá durar mucho tiempo la armonía entre el bigotudo politólogo y diplomático, y Donald Trump?

Trump lo sabe y lo ha dicho: de dejarlo correr libremente, Bolton todavía puede inducir a Estados Unidos a comprometerse con acciones bélicas complejas y de dudoso resultado. Y puede hacerlo quedar en ridículo en vísperas de un año electoral.

Ya ha habido muestras de esto.


Hace solo semanas, John Bolton creó otro problema más a la administración de Trump.

Un chasco tras otro

Hace solo semanas, John Bolton creó otro problema más a la administración de Trump. Su entrevista con su homólogo de Taiwan, en medio de la guerra económica desatada por Trump con China, había encendido más chispas en ese peligroso fuego.

Otro hecho anterior, salvando lo trágico del asunto, parece un paso de comedia. Venezuela no había cedido a las brutales sanciones de la administración estadounidense. Entonces surgió el invento, hecho en Washington, modelado por Bolton y Mike Pompeo, de Juan Guaidó.

Qué difícil será explicar en no muchos años que en algún instante la administración de Estados Unidos haya pensado que un individuo que se autoproclama ante algunos seguidores como presidente de un país, que nombra embajadores fantasmas a países que bajo la presión norteamericana los reconocen, pero que no saben qué hacer con ellos, que anuncia un Armagedón en un puente fronterizo con Colombia, donde la prensa mundial acude masivamente y se marcha sin noticias, porque allí no ocurrió nada.

Y que luego, en su imperturbable solipsismo, declara un golpe de estado contra el gobierno legítimo de Venezuela desde otro puente, con el concurso de unos cincuenta militares de baja graduación y libera a un tormentoso dirigente político sancionado a prisión domiciliaria (que no tardó en advertir el fracaso y corrió a buscar el amparo de la embajada española). El mundo mediático se agita. Bolton y Pompeo saludan el golpe. Trump piensa que al fin caerá Venezuela.

Pasan las horas y no pasa nada. Si la apuesta de Guaidó era provocar una invasión militar estadounidense, había perdido. Nadie estaba interesado en una guerra complicada a las puertas de Estados Unidos y en uno de los países de más alto simbolismo en América Latina. Bolton y Pompeo debieron dedicarse a otros temas. Pompeo se declaró sobrepasado por la ardua tarea de unir a la oposición venezolana. Trump dijo que estaba aburrido de Venezuela. Aunque lo oculte, sabe que hizo un ridículo colosal.


Un objetivo complejo y peligroso

De ahí que Bolton se haya concentrado en otro objetivo, mucho más peligroso y mucho más difícil: Irán.

La escalada bélica es noticia cotidiana. Refuerzo de la presencia naval estadounidense, declaraciones amenazantes, decenas de artículos hablando de las sombrías perspectivas que se abren en el futuro inmediato en la región.

Para colmarnos de preocupaciones, se filtró la noticia de que Estados Unidos estaba considerando enviar 120 mil hombres al Oriente Medio. Era una cifra inaudita de militares – en Iraq hubo un máximo de 150 mil –, surgida de una reunión convocada por… John Bolton. (De paso, los 20 mil soldados cubanos en Venezuela también surgieron de la imaginación mentirosa de Bolton).

Pero Irán no es, para hablar de un ejemplo reciente, igual a Iraq.

Irán es cuatro veces mayor que su vecino y tiene tres veces más población. Analistas calificados dicen que, para ocupar Irán, Estados Unidos necesitaría 2,4 millones de soldados. Es decir, más que el total de soldados que tiene Estados Unidos hoy, sumados los reservistas.

Al Pentágono no le interesa en absoluto un aventura militar que, como sucedió en Afganistán o en Iraq, se sabe cómo empieza, pero no cuándo ni cómo ni dónde terminaría. Los planes y presupuestos del equipo militar estadounidense están estratégicamente enfocados en el desafío que en el mediano y en el largo plazo constituyen el poderío militar ruso y, sobre todo, chino.

Pero quizás el menos interesado en una guerra sería el propio Donald Trump, quien en la práctica ya ha entrado en campaña para su reelección y tiene pendientes muchas promesas que no ha cumplido.

Aunque hay ingredientes muy explosivos en la humareda que se ha creado en torno a una posible confrontación militar, lo cierto es que, aquí también, las líneas de acción de Trump y de Bolton no son tan paralelas como parece. Recordemos solamente la reciente decisión revertida a última hora - según la versión, cierta o no, difundida por la Casa Blanca – de bombardear al país persa en represalia por el incidente en el Golfo de Bahrein.

Quiere llevarme a una guerra, ha dicho Trump sobre el tropeloso bigotudo.

Quizás ya ha comenzado una guerra, pero no con Irán, sino una nueva y sorda guerra en los pasillos de la Casa Blanca. Allí detestan a John Bolton. Y de Donald Trump se puede esperar cualquier cosa, menos que se deje llevar a un inevitable desastre, apoyado por nadie en el mundo – perdón, con la excepción de Benjamin Netanyahu.

Al principio, cuando Trump hizo lo que sus predecesores rechazaron, nombrar al muy conocido John Bolton nada menos que como su asesor de Seguridad Nacional, algunos vieron sus criterios sobre política internacional como líneas paralelas. Hoy parecen líneas divergentes, próximas a un cruce explosivo.

Nadie lo recuerda. Pero cuando le propusieron a Bolton por primera vez como asesor, Trump lo descartó. “No me gusta su bigote”, dijo.