Opinión - #Nicolás Maduro

Ha fracasado el intento del secretario de Estado Rex Tillerson de imponer en su gira por América Latina y el Caribe obsesiones y pesadillas del imperialismo estadunidense en su momento de mayor decadencia.

Cuando un país está en guerra, como es el caso de Venezuela Bolivariana, no se puede exigir que el Gobierno ande con sutilezas para defenderse. Cuando, como viene ocurriendo desde hace años, los enemigos del chavismo no solo utilizan la mentira o el boicot económico, la desestabilización de la moneda, la presión internacional a través de gobiernos derechistas y fascistas, como son los que manipula Estados Unidos en Latinoamérica o los de la Unión Europea, no se puede exigir que el pueblo se quede pasivo y ponga en peligro todas las conquistas que le quieren arrebatar.

Para empezar, hay que recordar que el Presidente Nicolás Maduro es el mandatario más injustamente acosado, calumniado y agredido de la historia de Venezuela. Más aún que el propio comandante Hugo Chávez, fundador de la Revolución Bolivariana… Sacar como sea a Nicolás Maduro del palacio de Miraflores ha sido y es el objetivo enfermizo de la oposición reaccionaria interna y de sus poderosos aliados internacionales comenzando por el gobierno de los Estados Unidos de América.

Cuando el 1ero de mayo de este año el Presidente venezolano Nicolás Maduro convocó a una Asamblea Nacional Constituyente como salida a un escenario de violencia política que algunos analistas calificaron de Guerra civil, pocos creyeron que siete meses después el chavismo estaría celebrando tres victorias electorales al hilo. Lo cierto es que de entonces acá los bolivarianos alcanzaron el gobierno de 19 de los 23 estados, incluyendo los emblemáticos Lara y Miranda -donde hacía rato el chavismo no gobernaba- y tomaron el control del 92% de los municipios, además de eliminar la violencia opositora y retomar por medio de la Constituyente la iniciativa política que habían perdido tras la derrota en las parlamentarias de diciembre de 2015.

Una enorme marcha antiimperialista comenzó a serpentear la ciudad de Caracas desde las primeras horas de la mañana del martes. En sus pancartas el pueblo venezolano hablaba mejor que decenas de manifiestos y declaraciones: "Trump saca tus manos de Venezuela" o sencillamente, apelaban a la historia dolorosa del continente: "Yanquis go home". Esa consigna que el gran Alí Primera hizo que en una prolongada época del pais, la entonaran como un himno gentes de todas las edades.

No podía ser de otra manera. Desde un suntuoso club de golf y apelando a todo su estilo histriónico y provocador, Donald Trump amenaza con intervenir militarmente en Venezuela.

Si hay algo que ha quedado definitivamente claro el pasado domingo 30J es que la contundencia de la respuesta chavista en las urnas no solo asegura el camino hacia una Constituyente de amplia integración y de propuestas revolucionarias, sino que también ha servido para poner en paños menores a una oposición que sigue sin brújula.

Es evidente que el gobierno venezolano no se equivocó cuando decidió lanzar la convocatoria a votar por la realización de una Asamblea Constituyente. No sólo porque en su contenido está implícita una mayor participación de los sectores populares que siguen empujando el tren bolivariano, sino porque el enemigo local e internacional se ha dado cuenta que esa instancia significa el paso necesario para profundizar la Revolución. De allí que traten de impedirla: desde Donald Trump hasta sus aliados incondicionales de la Unión Europea no han dudado en exigirle al presidente Nicolás Maduro que desconvoque ese llamamiento estratégico. Ni qué decir de los amanuenses de los gobiernos de derecha latinoamericanos, representado entre otros por el cuarteto Macri-Temer-Cartes-Santos, que no han ahorrado munición gruesa para difamar todo lo que Venezuela ha venido construyendo en estos últimos 18 años.

A pocos días de su presunta celebración, el plebiscito convocado para el 16 de julio por sectores opositores al gobierno constitucional de Venezuela se perfila cada vez más como un desafío a la legitimidad y evidencia el desespero de esos grupos ante sus reiterados fracasos.