Colombia es un disfraz

Colombia siempre ha estado invisibilizada. Poco se habló de ella décadas atrás. Poco se habla hoy.

Colombia es un disfraz

La historia de los narcos, unas guerrillas enquistadas, un premio Nobel de Literatura, alguna leyenda farandulera, el resiliente humor criollo y un proceso de paz que no se explicó, no se entendió y que, consecuentemente, no avanza como fue diseñado, fueron -y son- los temas más conocidos en el exterior.

Sin embargo, dentro del país se vive al compás de una interminable violencia fratricida, arropada por la mezquindad y acompañada por los dolores y las heridas más extremas y añejas que sociedad alguna haya podido soportar.

Poco se sabe en América Latina y el mundo de un país que se debate entre el conservadurismo decimonónico y las oportunidades del siglo XXI. Colombia tiene un pie en la lejana centuria y otro en el siglo de las redes sociales.

Siendo uno de los países más ricos del hemisferio, es uno de los más desiguales del mundo. Con elevados gastos en seguridad, es de los más inseguros. A pesar de la impresionante colaboración con la DEA, produce toneladas de cocaína con destino a su mejor aliado. Presume de tener instituciones fuertes y es de los más corruptos. Se ufana de una democracia sólida, pero mueren asesinados decenas de opositores cada año. Con más de tres centenares de universidades (de ellas menos del 25% públicas), tiene un analfabetismo vergonzante en sus zonas rurales… y los rebaños siguen llenando las catedrales de la fe y del mercado.

Y estas contradicciones generan una polarización de las percepciones –y de los actos- que hace de Colombia un país bipolar. Unos dicen vivir en un infierno. Otros creen vivir en el paraíso. Y se han matado, literalmente, por demostrar sus verdades.

La guerra –el estado natural de Colombia casi desde el nacimiento de la República- ha sido para unos la principal apuesta. La paz, hasta hoy utópica, es el sueño y la meta de otros. Tal vez Bogotá, con su distribución espacial y de castas, con su sugerente Norte y Sur, intenta explicarnos lo bien distribuido que está el país –y el mundo- y el porqué de las violencias.

Pero desde el exterior eso no se nota. No es conveniente hacerlo notar. De la guerra casi no se habló –y tal vez ni se hable de la que continúa-. Y es porque Colombia va de la mano del Hegemón actual, y es el mejor ejemplo de lo que se puede hacer cuando la exclusión es maquillada y el despotismo se disfraza de instituciones y frases.

Colombia es un gran disfraz. La verdadera Colombia no transpira su realidad. Está maniatada por una entelequia de injusticias reglamentadas y medios de comunicación alineados, todos capaces de acallar cualquier voz alternativa, hundiéndola en la maraña leguleya o decapitándola en la plaza mediática. Y esto, por cínico que parezca, significa un ligero avance, pues antes –solo unos años antes- la motosierra (la guillotina del siglo XX colombiano) se alzó y cayó más veces que en la Francia revolucionaria.

Colombia es un disfraz imprescindible para la “nueva Roma”, más en una zona donde hace apenas unos años casi se desmonta un sistema de dominación afincado en la resucitada doctrina Monroe.

Y con ese apoyo y seguridad, traducida en impunidad, cabalgan los empoderados de Colombia y sus amanuenses. No lo hacen sobre el Estado de derecho, tan volátil como un dibujo en el aire, sino sobre un “Estado de opinión”, insistentemente modelado y recreado, que los cobija y los relanza.

No bastará con escribir el relato de la Colombia sufrida y ocultada, esfuerzo de por sí difícil y obstaculizado constantemente. Esa verdad no saldrá a la luz sin que se precipiten los acumulados enraizados desde la traición original a Bolívar. Tendrán que despertar las ciudadanías, para finalmente, cambiar el sentido de la historia.

Las ideas y opiniones expresadas en este artículo son las de los autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Al Mayadeen
Omar Rafael García Lazo

Analista politico internacional

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