Wafica Ibrahim

Asesora de Al Mayadeen y Especialista de América Latina.

Y sin embargo se mueve

Hoy, tras años de parciales derrotas, la América de Bolívar y Martí, de Chávez y Fidel, de Lula, Maduro y Correa, se mueve y todos sabemos la dirección.

Con meridiana claridad y convencimiento sincero, Fidel Castro dibujó el futuro a los presentes en el IV Encuentro del Foro de Sao Paulo: “Creo en la lucha y, sobre todo, creo en la lucha de los pueblos, creo en la lucha de las masas”.
Con meridiana claridad y convencimiento sincero, Fidel Castro dibujó el futuro a los presentes en el IV Encuentro del Foro de Sao Paulo: “Creo en la lucha y, sobre todo, creo en la lucha de los pueblos, creo en la lucha de las masas”.

En 1993, cuando las utopías parecían desdibujarse y el neoliberalismo representaba la estocada final al sueño libertario y unitario de Simón Bolívar, en La Habana, un Fidel Castro crecido ante las dificultades, se resistía al vendaval del “fin de la historia”.

Con meridiana claridad y convencimiento sincero, dibujó el futuro a los presentes en el IV Encuentro del Foro de Sao Paulo: “Creo en la lucha y, sobre todo, creo en la lucha de los pueblos, creo en la lucha de las masas”.

Tras más de una década de cambios en América Latina y el Caribe, ola revolucionaria prevista también por Fidel Castro y en cuya cresta estuvo –está– la Revolución Bolivariana de Venezuela que lideró Hugo Chávez, la contraofensiva del imperialismo logró importantes triunfos en diversos países de la región.

La revitalización de la OEA, los esfuerzos por desarticular la UNASUR y la CELAC y el cerco a la Revolución Bolivariana, ahora conducida por el presidente constitucional Nicolás Maduro, se convirtieron en objetivos estratégicos para consolidar los avances parciales en países como Argentina, Brasil, Ecuador, Honduras, Paraguay y El Salvador.

No faltaron –ni faltarán– el desánimo, la desorientación, la traición, la fragmentación, pero también prevalecieron –prevalecen– los que resisten, los que luchan, los que no desfallecieron ante los tropiezos y las derrotas; y especialmente no dejó de existir la confianza en las masas, esas que parecían dormidas, engañadas.

Hoy, como en la última década del siglo XX, la América Latina comienza a despertar nuevamente. La campanada en el México de Cárdenas, la lucha de Lula, la resistencia de Bolivia y Nicaragua, la ira del pueblo ecuatoriano, la esperanza kissnerista en Argentina, la crisis política en el Perú, la postura digna del Uruguay frente a los intentos antivenezolanos, y las expectativas en República Dominicana y Puerto Rico indican que no hay nada definido en la región.

A todo lo anterior se suman los errores garrafales de la ultraderecha estadounidense, que nostálgica de una guerra fría donde resultó vencedora, intentan revivir viejos métodos para concretar sus planes expresados en la imperial Doctrina Monroe.

Lo lamentable es que Washington tenga en la región puntas de lanzas que le hacen el favor sin medir las consecuencias. El aplauso a la caricatura de Juan Guaidó movería a risa si no fuera por el reconocimiento inducido que recibió de diversos gobiernos, unos más entusiastas que otros, mostrando la torpeza o falta de profesionalidad de la diplomacia de muchas cancillerías, esas que hacen silencio ante el evidente vínculo del escuálido parlamentario venezolano con grupos paramilitares colombianos.

Pero nada de lo anterior sería posible sin la heroica resistencia de la revolución chavista y de la Cuba fidelista. La primera, enfrentando un cerco brutal y manteniendo viva la esperanza. La segunda, como horcón moral, venciendo las nuevas agresiones estadounidenses.

Así anda la región, con un Grupo de Lima desmejorado e impotente; una OEA viva, pero desorientada y dividida; y con los pueblos despertando. Octubre, un mes de victorias, debe traer nuevas y buenas noticias desde Argentina, Bolivia, Uruguay y Ecuador.

Hoy, tras años de parciales derrotas, la América de Bolívar y Martí, de Chávez y Fidel, de Lula, Maduro y Correa, se mueve y todos sabemos la dirección.


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