Amenaza del Complejo militar de EEUU

En la medida en que el gobierno de Joe Biden bombardeó a Siria e Iraq que no representan amenaza alguna para Estados Unidos o los estadounidenses, otro presidente refuerza la política familiar de militarismo, considera el sitio antiwar.

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    Amenaza del Complejo militar de EEUU

Fue un presidente quien, al dejar el cargo en 1961, acuñó el término "complejo militar-industrial" y advirtió sobre los efectos perniciosos de la influencia cada vez mayor de los contratistas de defensa sobre el presupuesto y la política exterior norteamericana.

Aunque la Guerra Fría vio la expansión de una industria de defensa institucional, las semillas en realidad se habían plantado mucho antes y se tomó una decisión consciente para nutrirlas más antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial.

En 1864, el presidente Abraham Lincoln expresó su profunda preocupación por el surgimiento de corporaciones como resultado de la Guerra Civil y lo que presagiaba para el futuro político y económico del país. 

Con el tiempo, los avances en la industrialización llevaron a la guerra más mecanizada y destructiva en el siglo XX, en tanto que los resultados comenzaron a depender cada vez más de la producción y la tecnología. 

Como consecuencia, surgirían grandes corporaciones para proporcionar el material de guerra y, en el proceso, se incentivarían las guerras y los presupuestos bélicos.

En la Primera Guerra Mundial, los oficiales militares aun desempeñaban un papel fundamental en las decisiones basadas en estrategias que quedaron obsoletas ante la falta de experiencia tecnológica y la incapacidad para gestionar la economía industrial más complicada, crucial para sostener la guerra moderna. 

Por conveniencia, el gobierno permitió que la responsabilidad de la economía de guerra se transfiriera del Ejército a los industriales privados que controlaban los términos de la organización de la guerra y las adquisiciones a través de la Junta de Industrias de Guerra (WIB), un organismo compuesto principalmente por ejecutivos corporativos y banqueros.

Una vez que se estableció este arreglo, fue difícil volver a poner al genio en la botella. Muchos de los principales fideicomisos anticompetitivos que dirigen la economía de guerra a través del WIB deseaban una relación con el estado que facilitara el subsidio público de sus intereses. El esfuerzo de guerra había demostrado ser un medio conveniente para este fin.

De 1918 a 1941, se fomentó el patrocinio formal entre el Departamento de Guerra y las grandes empresas por primera vez fuera del contexto de una guerra real.

 Basándose en el modelo WIB, la War Production Board instituyó estándares favorables de impuestos y ganancias para los principales industriales que nuevamente dictaron políticas dentro de sus propios sectores económicos durante la Segunda Guerra Mundial y usurparon la toma de decisiones de los actores estatales.

La Segunda Guerra Mundial y la gran movilización económica que requirió aumentaron en gran medida los incentivos para que las industrias bélicas mantuvieran una postura militarista de Estados Unidos como detalla el historiador Stephen Wertheim en su libro, Tomorrow the World.

Liderados por miembros del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) se alarmaron por la toma de posesión nazi de Francia en junio de 1942.

La idea de que Reino Unido también podría caer fue considerada seriamente por primera vez. Esto provocó un realineamiento importante en el pensamiento internacionalista dentro de la clase política estadounidense, desde una hegemonía bastante restringida, mayormente confinada al hemisferio occidental y al apoyo al derecho internacional y al desarme, a un orden mundial dominado por la supremacía militar estadounidense. 

La seguridad nacional estadounidense se amplió para incorporar el objetivo de no permitir que se le niegue la acción e influencia en todo el mundo. 

Esto incluía el libre intercambio económico con el reconocimiento de que "el comercio no se extenderá más allá de la fuerza permitida, pero la fuerza se comprometerá en la medida en que el comercio lo requiera".

La Unión Soviética había sido ignorada en gran medida en el pensamiento de tales planificadores hasta que los soviéticos comenzaron a cambiar el rumbo de los alemanes en 1943.

Entonces se reconoció que la Unión Soviética emergería de la guerra como una potencia mundial significativa, a la cual tendría que adaptarse en cierto grado el nuevo orden global impuesto por Estados Unidos. 

Inicialmente se aceptó que los soviéticos tendrían una esfera de influencia en Europa del Este. Esto estaba permitido siempre que se diera a esos países la suficiente apertura económica y política para no socavar los intereses estadounidenses. 

Además, los intransigentes antisoviéticos, como Leslie Groves y James Byrnes, ocupaban ahora posiciones influyentes dentro del gobierno de Harry Truman. Este conjunto de circunstancias aumentó la probabilidad de una Guerra Fría.

Desde 1945, el poder, el alcance y la ambición de las corporaciones multinacionales se han expandido, incluida la intrusión en áreas tradicionalmente consideradas como parte del interés público y fuera de su dominio.

James Forrestal, un exfinanciero de Wall Street que se desempeñó como secretario de la Marina durante la Segunda Guerra Mundial y luego como secretario de Defensa, llegó a la conclusión de que la política debería ser un instrumento para mantener la inversión capitalista. 

Según las expresiones de Nikhil Pal Singh en The Boston Review: "Forrestal enmarcó su propia deferencia por la jerarquía en términos de las prerrogativas del capitalismo corporativo: la idea de que hombres de negocios prácticos, en lugar de reformadores e intelectuales, habían ganado la Segunda Guerra Mundial y necesitaban dirigir el mundo en el futuro".

Durante una tensa reunión en la Casa Blanca en 1945, Forrestal defendió, en contra del consejo del ex vicepresidente Henry Wallace y del entonces secretario de Defensa Henry Stimson, la posición de no compartir información sobre la bomba atómica con la Unión Soviética. 

Forrestal convenció a Truman para que aceptara su punto de vista y evitó así un posible ejercicio de construcción de confianza con los soviéticos, con lo  cual alentó la creación de una Guerra Fría y una carrera armamentista.

Muy felices de impulsar esa tendencia y mantener altos presupuestos militares estaban los ejecutivos de contratistas de defensa, como Lockheed, Northrup y Douglas. 

El gasto en defensa aumentò durante la Segunda Guerra Mundial en más de 13.000 por ciento y, después del final de la guerra, estas empresas tuvieron que planificar para mantener los subsidios gubernamentales para sus industrias y las enormes ganancias que las acompañaron. 

Se creó un panel con representantes de la industria de defensa para presionar al Congreso. Después de audiencias que dieron voz a los sombríos pronósticos de los ejecutivos de defensa de cómo Estados Unidos podría quedarse atrás económicamente y desperdiciar su posición de superioridad militar global ganada con tanto esfuerzo sin la generosidad continua del gobierno federal, Truman se mostró comprensivo, pero en realidad no estuvo de acuerdo con aumentos significativos en el presupuesto de defensa hasta que estalló la Guerra de Corea.

Desafortunadamente, este énfasis en administrar la política exterior con la mentalidad de un hombre de negocios, con poca responsabilidad, sería alentado por el aparato de seguridad nacional creado por la Ley de Seguridad Nacional de 1947 y la influencia de Forrestal. 

Más tarde sería ejemplificado por Robert McNamara, un exejecutivo de Ford Motor Company, quien presidió la desastrosa Guerra de Vietnam como Secretario de Defensa.

De hecho, fue durante ese conflicto que el gobierno de Estados Unidos elevó el gasto en defensa a niveles no vistos desde la Segunda Guerra Mundial, que incluyeron proyectos de construcción y el funcionamiento de instalaciones militares en el sudeste asiático, además de la producción de armas.

Hacia el final de la Guerra de Vietnam y durante el gobierno de James Carter, el presupuesto de defensa cayó a su nivel más bajo desde 1951. Pero se dispararía durante los años de Reagan cuando la Guerra Fría alcanzó un nivel peligroso, con las dos superpotencias próximas a la guerra nuclear en 1983.

Cuando el final de la Guerra Fría llegó a finales de la década de 1980 y, junto con él, el potencial de redireccionamiento de recursos para mejorar los niveles de vida de las comunidades en todo Estados Unidos, Seymour Melman, un experto en el complejo industrial militar (MIC), señaló que 50 por ciento del presupuesto federal discrecional en ese momento fue al Pentágono. Estamos gastando incluso más que eso hoy: 989 mil millones de dólares de un presupuesto total de 1.4 billones (año fiscal 2020) en temas de defensa.

Toda esa inversión innecesaria en el militarismo se traduce en última instancia en una inversión que no se realiza en la infraestructura para los ciudadanos estadounidenses y sus necesidades diarias. 

Para ilustrar este punto, Melman también discutió sobre el estado de la infraestructura doméstica estadounidense en 1990 y cómo había sufrido la desviación de recursos hacia el MIC: La clase dominante estadounidense, en 1990, se ha convertido en una entidad administrativa  estatal/corporativa. Juntas controlan el complejo militar-industrial. 

La economía de guerra, al servicio de extender el poder de decisión y la riqueza de los administradores estatales y corporativos de Estados Unidos, consumen la infraestructura civil de Estados Unidos. 

Las carreteras, los puentes, el suministro de agua, los sistemas de eliminación de desechos, las viviendas, las instalaciones de atención médica y las escuelas están en mal estado de costa a costa.

Para empeorar las cosas, el aspecto de servicio de la guerra, cosas que solía hacer el personal militar, como limpiar y cocinar, ahora està subcontratado con  Empresas Militares Privadas (PMF). 

Por supuesto, el trabajo más tradicional de los soldados estatales, como matar y destruir, también lo realizan las PMF con métodos más sofisticados, diversificados y estructurados que los mercenarios históricos.

Esas empresas proliferaron después del colapso de la Guerra Fría que supuestamente dejó un "vacío de seguridad" en muchas partes del mundo. 

Una PMF, Executive Outcomes, rompió la estancada guerra civil en Sierra Leona que había aterrorizado a la población durante cuatro años; otra empresa de este tipo con sede en Virginia, Military Professional Resources Incorporated, ayudó a los croatas en su reactivación contra los serbios en 1995.

Si bien esas hazañas pueden parecer algo encomiables en la superficie, su ventaja ganadora sobre los vencidos radica en su mayor grado de sofisticación y tecnología. 

Como ilustra la Primera Guerra Mundial, una vez que se alcanza la paridad tecnológica entre las partes en conflicto, se desarrollan guerras de desgaste y destrucción prolongada con consecuencias desastrosas a largo plazo tanto para los civiles como para los soldados.

Por desgracia, los líderes políticos no tienden a pensar bien a largo plazo, ni suelen tener la paciencia o la visión necesarias para encontrar soluciones basadas en la justicia y la cooperación globales en lugar del poder y el dinero, mientras entregan màs incentivos a las corporaciones militares, junto con el mínimo y el escrutinio público legal que se deriva de operar bajo la privatización, sólo hace que sea más fácil para los líderes políticos a que sigan adelante con la locura que ocurrió en el siglo pasado, considerado el màs sangriento de la historia.

La industria de la defensa gasta cientos de millones de dólares con presiones y finanzas en las campañas de los políticos para obtener asignaciones presupuestarias y contratos por valor de miles de millones.

Según un informe de Open Secrets de febrero de este año: Las empresas de defensa gastan millones cada año presionando a los políticos y haciendo donaciones para sus campañas. 

En las últimas dos décadas, su extensa red de cabilderos y donantes destinò 285 millones de dólares en campañas y 2.5 mil millones en cabildeos para influir en la política de defensa. 

Para promover estos objetivos, contrataron a más de 200 cabilderos que han trabajado en el mismo gobierno que regula y decide la financiación de la industria.

La campaña presidencial de Biden 2020, por ejemplo, recibió 447,277 millones de dólares de Lockheed Martin y 236,614 millones de General Dynamics.

Además de esta inversión directa en el sistema político, la industria de defensa financia numerosos think tanks que brindan "experiencia" en forma de informes y artículos que se aceptan con frecuencia para su publicación en los principales medios de comunicación estadounidenses. 

Los periodistas de los principales medios de comunicación también utilizan a menudo a estos "expertos" de los think tanks en sus informes sobre asuntos exteriores y de defensa. 

Los patrocinadores de estos think tanks rara vez, o nunca, se revelan a los consumidores en los medios que publican comentarios de su personal. Influir en el ámbito del debate en Estados Unidos.

De esta manera, la industria de defensa consiguió una gran ventaja para promover su agenda. 

Algunos de los think tanks que reciben enormes fondos incluyen a RAND Corporation, Atlantic Council, Center for a New American Security, German Marshall Fund de los Estados Unidos, Brookings Institution, New America Foundation, Council on Foreign Relations y CSIS.

También existe la puerta giratoria de políticos que entran y salen de la industria de la defensa. Por ejemplo, el actual secretario de Defensa, Lloyd Austin, era miembro de la junta de una empresa de armas relacionada con Raytheon antes de aceptar el puesto. 

El secretario de Estado Antony Blinken cofundó West Exec Advisors en 2017, una empresa de consultoría que facilita contratos entre las empresas de tecnología de Silicon Valley y el Pentágono. 

El último trabajo del asesor de seguridad nacional Jake Sullivan antes de unirse a la administración de Biden formò parte de un grupo de expertos que recibe importantes fondos tanto de los contratistas militares como de defensa.

Teniendo en cuenta toda la influencia de la industria de defensa en los medios de comunicación y los políticos, no es de extrañar que se declare a Rusia una amenaza y se haga un buen negocio.

Todas las implicaciones negativas de las altas tensiones entre las superpotencias nucleares del mundo para toda la humanidad no preocupaban a estas personas cuando se trataba de grandes beneficios.

Eisenhower tenía razón en su advertencia con respecto al potencial crecimiento y daño del complejo industrial militar sobre las prioridades de la sociedad estadounidense y desafortunadamente su advertencia continúa sin ser escuchada.