Dos mundos, dos modelos de vida: solidaridad vs. dinero
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump advirtió en una de sus medidas contra Cuba que los gobernantes que acepten a los médico cubanos y sus familiares, perderán la visa para entrar a los EE. UU. y posteriormente anunció la imposición de aranceles del 25 por ciento a los productos de esos países.
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Dos mundos, dos modelos de vida: solidaridad vs. dinero
La amenaza es clara y directa: todo país que acepte médicos cubanos que salven vidas sin cobrarle a los pacientes, sin importar si son ricos o pobres, será sancionado. Todo país que permita que los médicos cubanos se internen en las zonas más desprotegidas y abandonadas de su territorio, y compartan allí con su población y ejerzan la medicina preventiva como sacerdocio revolucionario, la que evita que haya más enfermos y que los médicos privados ganen más, será sancionado.
No importa que no hablen de política, que acompañen a los sacerdotes, a los pastores o a los chamanes en sus convocatorias o liturgias, que colaboren con las autoridades del país, que respeten las tradiciones locales, si no cobran, si no exigen altos salarios y comodidades especiales, si no conciben la medicina como un negocio lucrativo, si hablan de pacientes y no de clientes, y no se posicionan como clase superior, el país que los acoja será sancionado.
Los he visto trasladarse en curiaras por los ríos Orinoco en Venezuela o Coco en Centroamérica, en frágiles avionetas sobre la selva guatemalteca; subir montañas durante horas hasta intrincadas y poco pobladas aldeas en el Quiché, dormir en sus champas, en cuartos que solo tienen lo esencial, sin electricidad; he sostenido velas mientras ayudan a una parturienta en una choza de adobe y piso de tierra, y escuchado el primer llanto de un nuevo habitante de la Tierra que llevará, por decisión de la madre, el nombre del médico que hizo posible el milagro. He visto a los médicos y enfermeros cubanos, vestidos de “astronautas”, no para ascender al cielo en cohetes espaciales cuyo costo podría haber saciado el hambre y curado las enfermedades de millones de personas, sino para “viajar” al infierno de la Tierra, a lo más bajo de la indiferencia humana, allí donde el ébola, enfermedad entonces casi desconocida, provocaba la muerte en cadena de humildes habitantes del África Occidental, y también de médicos desprevenidos. Mientras los galenos primermundistas huían o exigían una altísima remuneración, llegaban los cubanos. Los vi exponerse en el norte rico de Italia, donde la pandemia de la covid-19 había establecido su epicentro momentáneo -mientras sus poderosos vecinos la abandonaban-, con la experiencia adquirida durante el ébola.
Pero los africanos mueren de malaria, de tuberculosis, de cólera, de sida, y miles de trabajadores de la salud de Cuba luchan en casi todos los países del continente por sus vidas, mientras forman acá y allá a los especialistas de África, de Asia, de América Latina, que los sustituirán. Eso, claro, hay que prohibirlo. Son médicos y enfermeros dispuestos a trasladarse en horas hasta el último confín del planeta para auxiliar a sus habitantes por el tiempo que sea necesario, después de un terremoto, un tifón o un huracán, o durante una epidemia, sin importar si el gobierno del país que los solicita es amigo o enemigo, si mantiene relaciones o no con el gobierno cubano, lo cual sin dudas, es un pésimo ejemplo.
Trump advirtió, prepotente, que los gobernantes que acepten a esos médicos, y sus familiares, perderán la visa para entrar a los Estados Unidos; después anunció que impondrá aranceles del 25 por ciento a los productos de esos países. El sistema no puede admitir que existan personas que asuman la solidaridad de forma voluntaria, porque ello dinamitaría el precepto más importante del capitalismo: ocúpese de usted mismo y no de su prójimo, pues el éxito y la felicidad se miden en dinero. Si no se conciben como héroes, ¿qué son? La única explicación plausible y verosímil es que son esclavos. Pero hay algo que no encaja, ¿por qué las madres, los cónyugues y sus hijos, incluso los vecinos, hablan de ellos con orgullo? ¿Orgullo de que sean esclavos?
Durante décadas, Cuba no recibió un centavo. Al contrario, puso sus escasos recursos a disposición de la solidaridad internacional. Los trabajadores internacionalistas de la salud recibían un estipendio, que muchas veces era proporcionado por el propio gobierno cubano. Ni siquiera los reclutas que se hallaban en su período de Servicio Militar viajaron obligados a defender la independencia de Angola en los años 70 y 80. Si la voluntariedad era un requisito inviolable en el ejército cubano, mucho más lo fue y lo es en el “ejército de batas blancas”. El internacionalismo, la solidaridad interna y externa, son manifestaciones esenciales de la nueva sociedad que Cuba construye. Recuerdo que en 1998, cuando Fidel reactivó esa hermosa tradición a raíz del huracán Mitch en Centroamérica y del George en Haití, en una doble función, salvar vidas en los países afectados, y salvar conciencias propias —porque el ejercicio de la solidaridad reactiva sin dudas la sensibilidad revolucionaria de quienes la ejercen— la ministra de salud nica del gobierno neoliberal del entonces presidente Arnoldo Alemán, envió una carta a su homólogo cubano, con inusuales exigencias.
Pude leer una copia de la carta original. “Dadas nuestras limitaciones presupuestarias —decía la ministra neoliberal—, se requiere que la brigada disponga de sus víveres e insumos necesarios para su estadía en el país; por nuestra parte solamente pudiéramos asegurarles el transporte a las zonas antes indicadas. No omito manifestarle que nuestra solicitud es con carácter de urgencia, y que esperamos ansiosos sus consideraciones al respecto.” En el margen izquierdo del documento aparecía la indicación del Comandante al titular cubano del ramo, escrita a mano por su jefe de oficina: “Comunicarse mañana con la Ministra y decirle textualmente que procederemos a enviar con las características, los medios y las condiciones señaladas por ella las seis brigadas médicas, en las próximas 48 horas”. Y en otra esquina de manera enfática: “Deben salir el sábado a más tardar.” Durante años, los medicamentos que empleaban los médicos cubanos en muchos “rincones oscuros del mundo”, los enviaba la Isla rebelde.
Después de la caída del socialismo este-europeo y con él, de la casi totalidad de su comercio exterior, Cuba buscó triangular el esfuerzo solidario con organismos o países que pudiesen patrocinarlo. Otros tendrían el dinero; Cuba tenía lo principal: el conocimiento y la voluntad de sus mujeres y hombres para salvar vidas. “Nuestro país no lanza bombas contra otros pueblos —recordaba Fidel en 1998— ni manda miles de aviones a bombardear ciudades; nuestro país no posee armas nucleares, ni armas químicas, ni armas biológicas. Las decenas de miles de científicos y médicos con que cuenta nuestro país han sido educados en la idea de salvar vidas.” Los internacionalistas cubanos recibirían un estipendio un poco mayor de la OMS, de la OPS, o de países como Brasil o Sudáfrica, y su servicio sería mejor remunerado en naciones petroleras, con capacidad de pago. Pero la esencia continuaría siendo la solidaridad.
Cuba, después de décadas de entrega absoluta aún en medio del más criminal bloqueo, empezó a recibir de esos países una bonificación que emplea para sostener su costoso y deteriorado sistema nacional de salud. Y el imperialismo trata de impedirlo. Dos mundos, dos maneras opuestas de entender la felicidad y el éxito, la que simboliza el american way of life, y la que enarbola Cuba con orgullo infinito. En “la guerra de los mundos” (solidaridad vs. dinero), que no es interplanetaria —aunque la distancia en calidad de vida entre algunas ciudades del Norte y otras del Sur lo sugieran—, es crucial el intento de estrangular una economía que prioriza la solidaridad.
A las 243 medidas adicionales que refuerzan el bloqueo a Cuba, impuestas por Trump en su primer mandato, Marcos Rubio idea nuevas formas de exterminio que garanticen su carrera política y sus ingresos personales: si salvar vidas puede proporcionarle a Cuba ingresos adicionales, es preferible que mueran esos “seres inútiles” que nunca contaron en las estadísticas.
“Decenas de miles de médicos cubanos han prestado servicios internacionalistas en los lugares más apartados e inhóspitos —continuaba Fidel en aquella histórica intervención y pedía, anteponiendo el ejemplo de la Revolución cubana, la más elemental prueba de humanismo—. (…) Médicos y no bombas, médicos y no armas inteligentes.” Las muy dignas islas del Caribe han puesto nuevamente en ridículo al pequeño Marcos, representante de un imperio en decadencia; ante las amenazas, han ratificado su apoyo y agradecimiento a Cuba. Nada podrá aplastar el sentido de la justicia. Nada podrá borrar o impedir el sentido de la solidaridad que la Revolución cubana sembró en sus ciudadanos.