Cambio sugerido en la política de EE.UU. hacia Medio Oriente

Los sueños de diezmar a los adversarios ideológicos y rehacer la región a su propia imagen deberán ser archivados.

  • Cambio sugerido en la política de EE.UU. hacia Medio Oriente. Foto: Getty Images
    Cambio sugerido en la política de EE.UU. hacia Medio Oriente. Foto: Getty Images

El desafío para Estados Unidos de proteger sus intereses en Medio Oriente en una era de austeridad y competencia, pasa por evitar los enfoques fallidos del pasado, según Foreign Affairs.

La Unión aún disfruta de oportunidades para avanzar hacia la estabilidad en la región sin compromisos costosos o de largo plazo.

Un enfoque de restricción de la competencia geopolítica, enfrentar a Irán de manera más efectiva y resolver conflictos de poder cuando sea posible, debía permitirle a Washington mantener al menos su influencia preponderante en Medio Oriente.

La principal herramienta de los estados del golfo Pérsico siempre ha sido el dinero que se comprueba -por ejemplo: en los 30 mil millones de dólares que Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos (EAU)-, gastaron para apuntalar al gobierno del general Abdel Fattah el-Sisi en Egipto. 

Ahora, a medida que sus economías son menos florecientes por la baja de precios en el petróleo, tendrán que decidir cuánto pueden invertir en aliados como Egipto y Jordania o cuánto para disminuir la influencia iraní en Iraq o El Líbano y cómo pueden proteger sus intereses mientras participan en el conflicto en Yemen.

Los sueños de diezmar a los adversarios ideológicos y rehacer la región a su propia imagen deberán ser archivados.

Aunque el financiamiento del Golfo a veces funcionó en contra de los intereses estadounidenses, Washington a menudo lo aceptó para apoyar a aliados más débiles y ajustar los engranajes de su diplomacia. 

Empero, ahora se requiere un cambio y revisión del enfoque asumido por el gobierno del presidente Donald Trump, quien elevó la presión militar y económica a niveles de castigo (en parte al retirarse del acuerdo nuclear negociado por su predecesor), pero nunca articuló demandas realistas ni cuál de ellas prioriza.

El nuevo paquete de políticas para contener las amenazas iraníes, garantizar estabilidad regional y defender los intereses de Estados Unidos, ofrecería un camino de moderación a Irán y el abandono de comportamientos que rechaza la comunidad internacional.

La implementación de ese enfoque requiere un estricto proceso interinstitucional y una estrecha colaboración con los aliados, dos características que están notablemente ausentes del actual marco de políticas de la Casa Blanca.

Las políticas de Trump sobre tres devastadores conflictos civiles propició a los actores regionales (así como a Rusia y Turquía) perseguir sus objetivos sin las restricciones de las líneas rojas estadounidenses. 

Ahora, sin embargo, las circunstancias pueden empujar a los estados del Golfo a dar una oportunidad a la paz. 

Una disminución de recursos y el compromiso de bajar tensiones puede proporcionar a Estados Unidos una palanca adicional para reducir costos o riesgos de recursos estadounidenses.

El conflicto de Yemen ofrece la mejor oportunidad para fomentar un camino hacia su resolución, en tanto los jefes emiratíes y los sauditas comenzaron a reconocer que el precio de continuar en beligerancia se hace insostenible.

No lograron su objetivo de reinstaurar el gobierno del presidente yemenita, Abd-Rabbu Mansour Hadi, y también minaron la estabilidad de ese país árabe y la regional, con beneficios para Irán. 

Por supuesto, se necesitan dos para bailar el tango, y los hutíes, bien atrincherados en el terreno y seguros de recibir apoyo se mantendrán reacios a negociaciones.

Es posible que sigan luchando y hasta incluso pasen a capturar territorio saudita o perpetren ataques con saldos de daños significativos. 

Pero salvo ese resultado, Estados Unidos puede gastar un poco de energía diplomática y animar a los actores externos a reducir su participación en la guerra y apoyar el proceso de negociaciones bajo los auspicios de la ONU.

Las prioridades militares de Estados Unidos en la región deben estar impulsadas por sus objetivos estratégicos, sugiere Foreign Affairs. 

El funcionario del Pentágono, James Anderson, describió esos objetivos ante el Congreso a principios de este año: "garantizar que la región no sea un refugio seguro para los terroristas, que no esté dominada por ninguna potencia hostil a Estados Unidos y que contribuya a un mercado energético global estable".         

Vale la pena recordar que, según Foreign Affairs, durante la mayor parte de su historia en la región, Estados Unidos consiguió mayor impacto positivo a través de la diplomacia. 

Washington no debería tomar decisiones sobre su postura militar en la región como una reacción en caliente a las crisis o como una forma de apaciguar a socios inseguros. 

Más bien, el Ejército debía regularizar un proceso de manera que las asignaciones de fuerzas coincidan con objetivos estratégicos y reevaluarlas cuando no lo sean.

La Casa Blanca también debe cuidar que nuevas armas compartidas con sus aliados no les permitan ir a aventuras capaces de desestabilizar la región.

Una primera prioridad será transformar la relación de Estados Unidos con Arabia Saudita y endurecer su postura hacia Riad, imponer consecuencias por violar normas internacionales como el asesinato del periodista Jamal Khashoggi o cometer espionaje en empresas estadounidenses, intentos de secuestro de sauditas en Estados Unidos o ayudar al reino a escapar de los tribunales norteamericanos.

Ninguna de esas son acciones de un compañero, mucho menos de un amigo. 

Una próxima administración estadounidense debería dejar en claro que las visitas de alto nivel, la venta de armas y otros beneficios se establecerán por cambios en el comportamiento y la política saudita.

Washington tampoco debería alejarse de Siria y El Líbano, ambos profundamente disfuncionales, según Foreign Affairs.

La guerra en Siria está entrando en su segunda década y la crisis política y económica de El Líbano está en su peor momento. 

Mantener fuerzas estadounidenses en la frontera sirio-iraquí y sanciones a Damasco y Teherán puede, en los próximos meses, ofrecer más influencia para dar forma a los resultados políticos y de seguridad. 

En El Líbano, la devastadora explosión de Beirut precipitó una crisis que Washington no debería desperdiciar y junto a Francia y otros, Washington debe movilizar apoyo condicionado a una reforma política y económica significativa, apoyar la sociedad civil y continuar el trabajo en el Ejército libanés.

En resumen, Estados Unidos todavía disfruta de oportunidades para estabilizar la región que no requieren compromisos costosos o de largo plazo, apunta la publicación especializada en política exterior.