The Guardian: Crisis por la Covid-19 podría provocar cambios en capitalismo global

En el actual contexto, la gente deja de salir de sus casas, la circulación del dinero también se detiene. Las pequeñas empresas están perdiendo empleados a una velocidad aterradora, mientras que Amazon ha anunciado la contratación de 100 mil trabajadores adicionales en los Estados Unidos. 

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Un artículo publicado en el diario británico The Guardian advierte que la severidad de la crisis actual está indicada por la extrema incertidumbre de cómo o cuándo terminará y que si bien el colapso de 2008 no logró en los fundamental una transformación del capitalismo global el actual escenario si podría lograrlo.

Han hecho cálculos que cambiaron tardíamente el enfoque del gobierno sobre el nuevo coronavirus pues sugieren que nuestra única vía de salida garantizada del "distanciamiento social" forzado es una vacuna, que puede no estar ampliamente disponible hasta el verano del próximo año, subraya el material. 

Para el autor es difícil imaginar un conjunto de políticas que puedan navegar con éxito en un paréntesis tan largo, y sería aún más difícil aplicarlas.

Ahora es inevitable –dice- que experimentemos una profunda recesión mundial, un colapso de los mercados laborales y la evaporación del gasto de los consumidores. 

El terror que impulsó la acción del gobierno en el otoño de 2008 fue que el dinero dejara de salir de los cajeros automáticos, a menos que el sistema bancario estuviera apuntalado, recuerda el periódico. 

En el actual contexto, la gente deja de salir de sus casas, la circulación del dinero también se detiene. Las pequeñas empresas están perdiendo empleados a una velocidad aterradora, mientras que Amazon ha anunciado la contratación de 100 mil trabajadores adicionales en los Estados Unidos. 

La década que da forma a nuestra imaginación contemporánea de las crisis es la década de 1970, que ejemplificó la forma en que una ruptura histórica puede poner una economía y una sociedad en un nuevo camino, plantea el artículo. 

Este período marcó el colapso del sistema de posguerra de tipos de cambio fijos, controles de capital y políticas salariales, que se percibió que había llevado a una inflación incontrolable. También creó las condiciones para que la nueva derecha de Margaret Thatcher y Ronald Reagan pudiera acudir al rescate, ofreciendo una novedosa medicina de reducción de impuestos, aumento de los tipos de interés y ataques a la mano de obra organizada.

Los años 70 inspiraron una visión de la crisis como un amplio cambio de ideología, que ha mantenido su influencia sobre gran parte de la izquierda desde entonces. La crisis implicaba una contradicción que era en gran parte interna del modelo keynesiano de capitalismo (los salarios subían más rápido que el crecimiento de la productividad y destruían los beneficios), y una revisión del estilo de negocio dominante: fuera la rígida fabricación pesada, dentro la producción flexible que podía responder más ágilmente a los gustos de los consumidores.

Durante más de 40 años después de que Thatcher asumiera el cargo por primera vez, muchas personas de la izquierda han esperado con impaciencia a un sucesor para el decenio de 1970, con la esperanza de que se produzca una transición ideológica similar a la inversa. 

Pero a pesar de los considerables trastornos y dolores sociales, la crisis financiera mundial de 2008 no logró provocar un cambio fundamental en la ortodoxia política. Los trastornos políticos de 2016 apuntaron al statu quo, pero con poco sentido de una alternativa coherente a éste. Ambas crisis aparecen ahora como meros precursores de la gran crisis que surgió en Wuhan a finales del año pasado.

Ya podemos identificar algunas formas en que el año 2020 y sus secuelas diferirán de la crisis de los años 70. En primer lugar, si bien su transmisión ha seguido las trayectorias de vuelo del capitalismo mundial -viajes de negocios, turismo, comercio- su causa fundamental es externa a la economía. 

El grado de devastación que extenderá se debe a características muy básicas del capitalismo mundial que casi ningún economista cuestiona: los altos niveles de conectividad internacional y la dependencia de la mayoría de las personas en el mercado laboral. No se trata de características de un paradigma de política económica particular, de la manera en que los tipos de cambio fijos y la negociación colectiva eran fundamentales para el keynesianismo. Son características del capitalismo como tal.

En segundo lugar, el aspecto espacial de esta crisis es diferente a una crisis típica del capitalismo. Salvo por los búnkeres e islas en los que se esconden los súper ricos, esta pandemia no discrimina en función de la geografía económica. Puede acabar devaluando los centros urbanos, ya que queda claro cuánto "trabajo basado en el conocimiento" puede hacerse en línea después de todo. Pero si bien el virus ha llegado en diferentes momentos a diferentes lugares, una característica sorprendente de las últimas semanas ha sido la universalidad de los comportamientos, las preocupaciones y los temores humanos.

De hecho, la propagación de los teléfonos inteligentes y la Internet ha generado un nuevo público global de un tipo que nunca antes habíamos visto. Eventos como el 11 de septiembre proporcionaron un vistazo de esto, con Nokias alrededor del mundo vibrando con instrucciones para llegar a un televisor inmediatamente. Pero el coronavirus no es un espectáculo que ocurre en otro lugar: está ocurriendo fuera de tu ventana, ahora mismo, y en ese sentido encaja perfectamente con la era de las omnipresentes redes sociales, donde cada experiencia es capturada y compartida.

Tomará años o décadas para que se comprenda plenamente la importancia del año 2020. Pero podemos estar seguros de que, como una crisis auténticamente global, es también un punto de inflexión global. Hay una gran cantidad de dolor emocional, físico y financiero en el futuro inmediato. Pero una crisis de esta magnitud nunca se resolverá realmente hasta que se hayan rehecho muchos de los fundamentos de nuestra vida social y económica.