Trump, el Mesías
Trump, sin dudas, es un Mesías, pero es el Mesías del gran capital y la concentración de la riqueza. Esa es su idea del paraíso.
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Trump, el Mesías
Poco importa si Donald Trump se ve a sí mismo como el salvador escogido por Dios para devolver la gloria a los Estados Unidos o si es solo un personaje que ha decidido interpretar para satisfacción de su electorado. Importa, sin embargo, y mucho, la fe de millones de estadounidenses de clase trabajadora, pauperizados por décadas de políticas neoliberales y que ven en el individuo, sus palabras y actos, la concreción de sus anhelos de mejoría y estabilidad económica. E importa incluso más aún las medidas concretas que, bajo el manto discursivo del mesianismo, la administración Trump pretende impulsar, como única vía para “Hacer a América Grande Nuevo”, como reza su slogan de campaña.
En el religioso y conservador escenario político norteamericano, no es inusual la emergencia de este tipo de liderazgos mesiánicos y proféticos, generalmente acompañadas de imágenes idílicas, cuasi poéticas y semibíblicas de la nación, presentada como el paraíso de la libertad y la democracia, “la ciudad en la colina”, según la afortunada expresión reaganiana.
Lo interesante de este proceso político asociado a Donald Trump es que se da en un momento en el cual la hegemonía y la sociedad norteamericana atraviesan por una profunda crisis. Y esa crisis ha polarizado profundamente a la nación. Por un lado el capital norteamericano se ve amenazado por el ascenso de China como superpotencia económica y, por el otro, la rapacidad neoliberal ha destrozado las condiciones de vida de la que una vez fue la próspera “clase media trabajadora” en el país.
Es en este contexto en que puede y debe leerse el discurso pronunciado por Donald Trump este 4 de marzo en el Congreso de los Estados Unidos. Durante aproximadamente una hora y cuarenta minutos el presidente recorrió diversos tópicos, muchos recurrentes, intercalados con historias de vida que reforzaran sus planteamientos y con intercambios con el público reunido en la sala, donde destacó, según el reporte de diversos medios de prensa, el glacial silencio de la bancada demócrata. Conviene detenerse en este discurso, por ser una especie de rendición de cuentas de sus primeros cuarenta días en el cargo y por esbozar con claridad la visión de Trump para el futuro inmediato del país.
Como todo líder con tendencia mesiánica, Trump se identifica e identifica su mandato con la salvación. De ahí que todo el discurso aparezca repleto de referencias a cómo se está salvando la nación, desde los grandes procesos, hasta individuos particulares, beneficiados por la acción directa de Trump. Esto es uno de los elementos que estructura toda su intervención. Cabría entonces preguntarse ¿quiénes son los enemigos de los cuáles hay que salvar a la nación?
Por un lado está la “catástrofe económica” que según Trump le legara la anterior administración. Uno de los signos más visibles de esta catástrofe es la inflación. Para combatirla Trump prometió abaratar el precio de la energía, comenzando con la derogación de las normativas de la anterior administración relativas a las concesiones para la extracción de petróleo y gas, nuevos oleoductos y la producción de autos eléctricos. Asimismo se va a ampliar la minería, la extracción de hidrocarburos, se reabrirán centrales térmicas, etc, para todo lo cual el actual presidente ya creó un marco legal, declarando desde su primer día en el cargo una “emergencia energética nacional”.
La otra medida estrella contra la inflación es acabar “con el despilfarro flagrante del dinero de los contribuyentes”. Algo en lo que ya Musk y su flamante Departamento de Eficiencia Gubernamental están manos a la obra. Para ello se han intervenido agencias gubernamentales, como la infame USAID y se apuesta por una agresiva reducción de la fuerza laboral y los gastos federales. Entre los gastos que se reducen están no solo partidas que acababan alimentando la corrupción, sino muchas que sustentaban programas federales para los pobres. Perforar y ajustar, en esencia.
Otras medidas económicas anunciadas como parte del programa económico del presidente son los recortes de impuestos sobre la renta en todos los ámbitos, librar de impuestos a las propinas, horas extras y prestaciones de la seguridad social y deducción de impuestos para los pagos de intereses de los préstamos para la compra de automóviles, siempre que estos sean de producción nacional.
Otro de los enemigos internos con los cuáles debe lidiar el renacer de Estados Unidos son los migrantes ilegales. Este es uno de los temas recurrentes de Trump desde su anterior mandato. En su discurso afirmó: “En los últimos cuatro años, 21 millones de personas entraron en Estados Unidos. Muchos de ellos eran asesinos, traficantes de personas, miembros de bandas y otros delincuentes procedentes de ciudades peligrosas de todo el mundo (…)”.
Esta criminalización de los migrantes desde el poder político no solo alimenta el clima de racismo y segregación en la sociedad norteamericana, sino que choca frontalmente con los datos de la realidad económica, que demuestran la dimensión del aporte real de los migrantes a la economía norteamericana y la dependencia crítica que tienen no pocos sectores de la economía del país de esta mano de obra. Es el caso, por ejemplo, de la agricultura en los fértiles estados del centro-sur de la nación.
Esta política contra los migrantes tiene también otras dos aristas relevantes. Por un lado sirve como excusa para el fortalecimiento y glorificación de los cuerpos policiales, o sea, para el fortalecimiento de las funciones represivas del estado, presentadas bajo la máscara de un deber patriótico, y por el otro permite arremeter contra terceros países, bajo la acusación de ser narco estados o de no colaborar activamente en la lucha contra el narcotráfico.
La designación de los cárteles mexicanos, las maras y el denominado “Tren de Aragua”, como organizaciones terroristas permite al gobierno utilizar una gran diversidad de mecanismos para combatirlas, desde las sanciones hasta acciones militares extraterritoriales. A la vez esto enmascara, frente a los grandes medios y la opinión pública internacional una verdad incómoda: esos cárteles de la droga tienen su contraparte en Estados Unidos, organizaciones criminales y políticos corruptos, que se encargan de su recepción y distribución en el país. En un negocio mil millonario, conviene a veces mover las hojas para hacer creer que se está podando el árbol.
En el plano internacional los principales enemigos son todos los gobiernos, aliados u hostiles, que se han aprovechado de la “buena fe” de los Estados Unidos a lo largo de los años. Desde Europa, Canadá, Japón y Corea del Sur, hasta China, todos han sacado tajada de la bondad norteamericana, aplicando la competencia desleal o injustos aranceles a los productos del país. Para lidiar con esta situación, la propuesta de Trump es aplicar una dura política arancelaria, así como recuperar enclaves estratégicos como el Canal de Panamá o la posible incorporación de Groenlandia a la unión.
Trump, el mesías, también prometió resolver el conflicto en Palestina mediante los “Acuerdos de Abraham”, alcanzados en su anterior administración, a los cuales calificó como “uno de los acuerdos de paz más innovadores en generaciones”. Asimismo con el “salvaje conflicto de Ucrania”.
Es interesante que, al menos en dos momentos de su discurso, Trump hiciera referencia a sus políticas como pasos para “restablecer el sentido común”. Para Gramsci el momento más pleno de la dominación de una ideología es cuando logra que conceptos y valores esencialmente ideológicos, se presenten ante la conciencia de la gente como sentido común, o sea, como verdades preideológicas indisputadas.
Trump, entonces, es el defensor del sentido común nacionalista, neoliberal y conservador, amenazado por la emergencia de la izquierda y las reivindicaciones de diversos grupos sociales. Falla en comprender que la política “woke” es una forma de dar respuesta al mismo problema desde el punto de vista de las élites. Ante el ascenso de sectores sociales organizados y cada vez más conscientes, un sector del poder intenta asimilarlos dentro de la lógica liberal, mientras otro, del cual Trump es representante, opta por rechazarlos de plano, como una amenaza a lo que entienden como correcto.
La negación del otro pasa por la negación de ciertas política públicas influidas por la ideología woke, pero también de los derechos de las minorías LGBTQ+, de grupos de izquierda, feministas, grupos raciales, los migrantes, etcétera, todos convertidos en influencias perniciosas para Estados Unidos, amenazas que se deben combatir y extirpar, para que el árbol de la gran nación pueda crecer vigoroso de nuevo.
El mesianismo de Trump es, entonces, el retorno del proyecto de dominación blanco, anglosajón y protestante, enmascarado como un proyecto de renacimiento nacional. Las constantes alusiones a Dios, en un país donde es muy común, forman parte del imaginario político de una élite que tras las constantes apelaciones a lo divino, ocultan sus muy terrenales intereses materiales. Y convierten en una misión divina, lo que no es más que una agenda imperialista.
Trump está convencido, así lo ha dicho en varias oportunidades, de que Dios lo salvó para capitanear el ascenso de Estados Unidos. Para hacerlo se ha rodeado de los hombres más ricos del mundo, todos de pie sobre las espaldas de la clase trabajadora de una nación que verá bien pronto como la “libertad de expresión” se reduce a lo que permitan decir las plataformas digitales que estos magnates administran y lo que decidan decir los medios de comunicación de los cuales son dueños; la democracia se convierte en la defensa de los privilegios de la plutocracia y el “sueño americano” se traduce en mayores niveles de pobreza e inseguridad laboral. Trump, sin dudas, es un Mesías, pero es el Mesías del gran capital y la concentración de la riqueza. Esa es su idea del paraíso.