Puerto Rico: una tragedia americana

Enrique Román

Periodista, académico y comunicador cubano, analista de política internacional.
Puerto Rico, si a sus paisajes y ciudades se refiere, no será más, durante un buen tiempo, la “Isla del encanto”, como la identificaba la publicidad turística.
Después de los dos huracanes
Después de los dos huracanes
No se trata solamente del avasallador paso de dos potentes huracanes, Irma, tangencialmente, y María, que atravesó todo su territorio. Ambos desarmaron literalmente la estructura física de la isla, la natural y la creada por el hombre durante muchos años.


Es que, además, lo sucedido antes y después del huracán, han puesto de relieve una vez más que en el “encanto” de la isla faltaba y falta un componente esencial: su independencia.


Año tras año el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas reafirma el carácter colonial del status que une a Puerto Rico con Estados Unidos.  Para muchos, como sucede con las resoluciones de las Naciones Unidas, la noticia pasa inadvertida.  Para otros, se trata de un pronunciamiento de países del Tercer Mundo con el ánimo de molestar a los Estados Unidos.


Ahora, con la catástrofe sufrida, las señales de su condición colonial se han evidenciado con más fuerza que nunca.


De Colón a Washington

Puerto Rico fue descubierta por Cristóbal Colón en 1493
Puerto Rico fue descubierta por Cristóbal Colón en 1493
Pero vayamos atrás en la historia.  La pequeña isla – la menor de las Antillas Mayores, 9 104 kms cuadrados – fue descubierta por Cristóbal Colón en 1493, y durante los cuatro siglos posteriores sufrió todas las vicisitudes de las colonias españolas. Ya a fines del siglo XIX España, que veía cercano el fin de los últimos reductos de su sistema colonial, le concedió un régimen autonómico que no satisfacía ninguno de los imperativos que reclamaban sus luchadores independentistas. Pero por poco tiempo.  Un año después Estados Unidos libraba la que se ha considerado la primera guerra imperialista de la historia, y ocupaba Cuba, Puerto Rico y Filipinas.


A partir de ahí se inició el recorrido de un verdadero y trágico laberinto para ocultar la decisión estadounidense de apropiarse la pequeña isla, al cabo del cual lo único que queda claro es que Puerto Rico, simplemente, no es independiente ni soberana. Es la última nación latinoamericana en espera de su independencia.


Así, vieron constituirse a inicios del pasado siglo un gobierno con aires republicanos – los tres poderes incluidos -  encabezado por un gobernador…  estadounidense y nombrado por el presidente de Estados Unidos.  Solamente en 1946 el gobernador fue un nativo de la isla.


Desde 1917 los puertorriqueños recibieron la ciudadanía estadounidense.  Pero con importantes limitaciones:  por ejemplo, el puertorriqueño que no haya obtenido la residencia en Estados Unidos, reservada a quienes vivan por un tiempo determinado en el territorio continental, no tiene derecho a elegir al presidente del país cuya ciudadanía ostenta.


Los textos legales establecen además que la soberanía puertorriqueña reside, no en su pueblo, como exigiría la tradición constitucionalista liberal, sino en el Congreso de Estados Unidos.


Por supuesto que durante décadas se desarrolló un movimiento que acentuó el patriotismo característico de los puertorriqueños.  Por vías diversas, y bajo la inspiración de patriotas como Pedro Albizu Campos, continuador de los grandes independentistas del siglo XIX, los puertorriqueños libraron batallas en el propio territorio estadounidense.  Crearon así una galería de héroes y de mártires, que hoy se incorporan a la mejor tradición  de los habitantes de la isla. 


La definición de qué era Puerto Rico siguió también un camino laberíntico.   Al cabo de un complicado trayecto, si usted busca la respuesta hoy en cualquier enciclopedia, encontrará que “Puerto Rico, oficialmente Estado Libre Asociado de Puerto Rico, es un territorio no incorporado estadounidense con estatus de autogobierno”.


¿Qué quiere decir esta complicada palabrería? Si no lo entiende, no debe preocuparse.  No es más que un  galimatías que oculta que Puerto Rico es, simplemente, una colonia disfrazada de Estados Unidos.


La deuda y Donald Trump

Puerto Rico en bancarrota
Puerto Rico en bancarrota
La isla fue explotada también como destino barato para los capitales estadounidenses.  Esto, sumado a una administración burocrática, desastrosa, condujo a que el gobierno de la isla cayera en franca quiebra, al declararse incapaz de pagar la astronómica deuda de 72  mil millones de dólares (para solo 3 millones 400 mil habitantes y una cifra algo mayor que vive en Estados Unidos). 


Si Puerto Rico fuera un estado de la Unión americana, podría declararse oficialmente en bancarrota y recibiría ayuda federal. 


Pero Puerto Rico vive en un verdadero limbo ontológico.  Al no ser un estado, no puede recibir ayuda del gobierno colonial, como sí la recibió, digamos, la ciudad de Detroit cuando se declaró insolvente.  Y tiene pocas posibilidades de resolver su problema con los escuetos ingresos de sus impuestos baratos.

La única ayuda recibida fue la institución de una Junta federal enviada por Washington, encargada de administrar los ingresos  - esos ingresos – sustituyendo la autoridad del gobierno insular. 


¿Es o no es colonia?

Ahora la tragedia de los huracanes ha acabado de poner en evidencia la verdadera esencia de su condición.  Aunque suspendida provisionalmente, una vieja ley le prohibía recibir barcos cuya construcción y cuyas tripulaciones no fueran estadounidenses. Es decir, que Puerto Rico no podía recibir ayuda, por ejemplo, de las islas cercanas (Jamaica, República Dominicana).


La Junta, además. ya anunció que liberaba mil millones de dólares para la reconstrucción del país, pero bajo su control y utilizando solo el dinero proveniente de los ingresos que lograra, en medio de la catástrofe, el gobierno isleño.


Y encima, Donald Trump

Trump, hace algún tiempo, no sabía bien qué eran los puertorriqueños.
Trump, hace algún tiempo, no sabía bien qué eran los puertorriqueños.
Trump, hace algún tiempo, no sabía bien qué eran los puertorriqueños.  En un momento de su campaña electoral, cuando arremetía contra los inmigrantes mexicanos, mezcló mexicanos con puertorriqueños y dijo que estos últimos eran los peores.


Ahora, en los mismos momentos en que  los puertorriqueños enfrentaban la mayor desgracia natural de su historia, Trump se concentraba en una polémica poco gloriosa con los futbolistas que protestaban contra sus expresiones no muy ocultas de racismo.


Cuando varias personalidades, entre ellas Hillary Clinton, le recordaron que los puertorriqueños eran ciudadanos estadounidenses, en lo primero que pensó el impredecible presidente fue en la deuda puertorriqueña.  Era una desgracia lo que ocurría, pero en primer lugar para Wall Street.


El martes acudirá a la isla en control de daños, después de la andanada crítica que su administración ha recibido por la lentitud en la respuesta a la crisis de Puerto Rico.  Allí lo recibirá un auditorio escogido.  Trump no habla sino a públicos afines a su discurso. 


Pero de una manera u otra, los ecos de la solidaridad continental, de los famosos artistas y deportistas puertorriqueños, líderes en la música y en el deporte latinoamericanos, todos ellos nacionalistas, sonarán más alto que su previsible arenga,  dicha, como siempre, en su precario inglés massmediático. 


Entre tanto, Puerto Rico, una vergüenza colonial en pleno siglo XXI, seguirá esperando no solo por su recuperación, sino por acceder a la dignidad soberana que le corresponde, como la última de las naciones independientes de América Latina.

Los puntos de vista y opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de Al Mayadeen.

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