Crisis EEUU – Cuba: ¿quién se beneficia?

Enrique Román

Periodista, académico y comunicador cubano, analista de política internacional.
La temperatura de la crisis creada por el enigma sónico, que supuestamente ha afectado a más de veinte diplomáticos estadounidenses en La Habana, sigue subiendo.
La embajada de Estados Unidos en La Habana
La embajada de Estados Unidos en La Habana
Como se sabe, sin conocer qué y cómo han ocurrido los incidentes que ha denunciado y sin poder incriminar por alguna razón concreta a Cuba, el gobierno de Estados Unidos ha convertido el asunto en un problema político y virtualmente ha interrumpido el proceso de normalización de relaciones entre los dos países,  iniciado bajo la administración Obama.
 

Pero además, como efecto inmediato, los contactos entre los cubanos que residen de un lado y otro del estrecho de la Florida, se han paralizado por tiempo indefinido.

En efecto, las más recientes medidas anunciadas por el Departamento de Estado, obligando a abandonar Washington a quince diplomáticos cubanos,  luego de retirar al sesenta por ciento de su personal en La Habana y de suspender el otorgamiento de visas, han anulado la capacidad consular de ambas misiones y han  congelado la posibilidad del intercambio normal de personas entre Estados Unidos y Cuba.
 

Ha sido un disparo en el pecho de las relaciones familiares entre los casi dos millones de cubanos – más sus descendientes – que viven en el país norteño, y sus parientes de la Isla.

El ¿arma? no aparece

Nadie la ha visto, nadie sabe cómo funciona, nadie sabe si existe.
Nadie la ha visto, nadie sabe cómo funciona, nadie sabe si existe.
Y hasta ahora, no aparece por parte alguna la “pistola humeante”, es decir, la futurista arma sónica que, según se afirma, es la causante de los daños físicos a estos diplomáticos, y que parece extraída de los dibujos animados de los años 50.  Nadie la ha visto, nadie sabe cómo funciona, nadie sabe si existe.
 

Y de existir, muchos científicos se han mostrado escépticos sobre las posibilidades reales de que las afecciones alegadas por los diplomáticos afectados puedan resultar de la exposición a ondas sonoras supra o subsónicas.

El diario cubano Granma cita a algunos de ellos:  “Daño cerebral y conmociones, no es posible”, dijo a la AP Joseph Pompei, un ex investigador del MIT (Massachussets Institute of Technology) y experto en psicoacústica. “Alguien habría tenido que sumergir la cabeza en una piscina repleta de poderosos transductores ultrasónico”.

El doctor Toby Heys, jefe de un centro de investigación sobre tecnologías futuristas en la Universidad Metropolitana de Manchester, en Reino Unido, dijo a la revista New Scientist que las ondas sonoras por debajo del rango de audición podrían teóricamente causar daño físico, pero sería necesario utilizar enormes bocinas a grandes volúmenes muy difíciles de esconder.

Todo esto ¿en los reducidos espacios de las habitaciones y las oficinas de los diplomáticos?

De tal manera, que el Departamento de Estado y su jefe, Rex Tillerson, han reiterado, en los anuncios sobre la reducción de personal de ambas embajadas, que estas medidas no suponen una acusación al gobierno cubano por haber perpetrado tales hechos.

Sin embargo, se utiliza como pretexto que Cuba no ha hecho lo suficiente para proteger la salud de los diplomáticos norteamericanos en La Habana.

Es decir, que Cuba tiene que tomar medidas contra algo que no se sabe lo que es, que no se sabe qué características tiene y que no se sabe ni siquiera si existe.


Una decisión política. ¿A quiénes beneficia?

La reducción del personal cubano en Washington
La reducción del personal cubano en Washington
La decisión de obligar a una reducción del personal cubano en Washington, buscando simetría con su reducción en La Habana, solo se adopta en el mundo de la diplomacia cuando hay un diferendo que disminuye el nivel de relaciones entre los dos países.  Es, siempre, una decisión política.

A estas alturas ya no vale la pena que el análisis espere por la aparición del arma famosa. 
 

Las pistas ahora deben centrarse en otro objetivo: ¿quién o quiénes se benefician de la situación creada, y de la que puede crearse en lo adelante?  ¿De la interrupción del proceso de normalización de relaciones entre ambos países --de cuyo inicio data, por cierto, el primero de los susodichos ataques?

¿A quién le conviene que el flujo de visitantes cubanoamericanos y estadounidenses a la isla se detenga?  ¿Qué las líneas aéreas, que se abalanzaron sobre la posibilidad de volar a Cuba, desistan de mantener sus operaciones con la Isla? ¿Qué los flujos económicos consiguientes para la economía cubana se vean severamente mermados?

Aunque se trata de una situación con muchos componentes trágicos, el ambiente en ciertos círculos miamenses es hoy de fiesta.

Pues esta rara circunstancia lleva agua al molino de las ideas que los personajes tradicionales de la industria política anticubana del sur de la Florida han venido proponiendo, con alegría redoblada,  después de la elección de Donald Trump.

Vayamos entonces a las declaraciones de los personeros de esa fauna contrarrevolucionaria – las cada vez más frecuentes del senador Marco Rubio, refresco y relevo de los gastados congresistas de origen cubano Díaz Balart y Ross-Lehtinen – y encontraremos allí el borrador del guion que hoy se está ejecutando.

El regreso a la vieja retórica, a la vieja política

Fulgencio Batista
Fulgencio Batista
Volveremos a escuchar la agresividad del discurso contrarrevolucionario, cuyas pautas centrales las establecieron los partidarios de la tiranía de Batista, que convirtieron a la Florida en los años 60, con la generosa ayuda de las administraciones estadounidenses, en un gigantesco portaviones contra la Revolución popular que había triunfado en la Isla.

Allí se estableció entonces el centro de la CIA de mayores dimensiones en el mundo, con el único objetivo de derribar a la Revolución cubana.  De entonces data el amplio surtido de intentos de asesinar a Fidel Castro, utilizando artilugios y métodos tan fantásticos como el arma sónica que hoy nadie encuentra. 
 

El discurso anticubano de hoy no es sino el eco contemporáneo de quienes llamaban a la acción militar, los sabotajes y los atentados.  De quienes aplaudieron el férreo bloqueo que se estableció a inicios de los 60 y que se reforzó sustancialmente en los años 90.

El estatus creado es, en la práctica, peor que el existente durante la administración de George W. Bush, que estableció severas limitaciones al intercambio familiar entre los cubanos de un país y otro.

No hay nada nuevo entonces, salvo la alegría de quienes, nuevamente, se empeñan en la macabra tarea de causar sufrimientos al pueblo cubano, de fomentar las divisiones familiares,  y de que este sea el estado natural de cosas entre Estados Unidos y Cuba.

Estamos, otra vez, ante una versión contemporánea de una política fracasada.  Ante una nueva demostración de que la alerta del comandante Ernesto Guevara no puede olvidarse: en el imperialismo no podemos confiarnos “ni un tantito así”. 

Los puntos de vista y opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de Al Mayadeen.