Enrique Román

Periodista, académico y comunicador cubano, analista de política internacional.

El lobo, Donald Trump y el cambio climático

En casi todas las culturas existe un cuento similar. Alguien avisa que viene un lobo, y todos huyen ante el peligro. Pero el lobo no viene. Y así pasa muchas veces.

El lobo, Donald Trump y el cambio climático

Pero hay momentos en que el lobo sí llega, y hay que estar preparado para la eventualidad. En el cuento, el lobo se aprovecha de los desprevenidos y da cuenta de ellos.

El problema es, en el caso al que me voy a referir, la magnitud del lobo que representa la catástrofe anunciada: las devastadoras consecuencias del cambio climático.

Y el problema se agrava cuando al frente del país más influyente en la destrucción de las condiciones que hacen posible la vida en el planeta, hay un hombre, que no solo niega que venga el lobo, sino que demuestra su ignorancia personal sobre el tema.

Donald Trump sacó a su país, irresponsablemente, del Tratado de París del 2015, que es hasta hoy el máximo esfuerzo colectivo que ha hecho la humanidad para enfrentar – tardíamente – la amenaza de un empeoramiento irreversible de las condiciones climáticas.

Pudiera parecer que no sabía lo que estaba haciendo.

En efecto, en su cuenta de Twitter, Trump dijo tranquilamente, cuando se habló de una ola fría que iba a azotar regiones de Estados Unidos:

“Brutal y extensa ráfaga fría podría romper TODOS LOS RECORDS - ¿Qué pasó con el calentamiento global”.

El lector no tiene por qué saber que no es lo mismo el estado del tiempo que el clima.  El estado del tiempo es puntual, y se inscribe en un contexto climático más general, aunque vaya en contra de la tendencia que en este domine. Puede hacer frío en medio de un proceso de calentamiento global.

Pero usted no es presidente de Estados Unidos.  Usted no tiene la responsabilidad de procurar porque sus industrias y sus automóviles no empeoren la situación.  Que no agraven la contaminación generalizada que conduce a un final desastroso, no solo de su país, sino de todo el globo terráqueo.

Por el contrario, hablamos de quien, durante su campaña electoral, de forma oportunista y solo con el interés de procurarse más votos, prometió a los mineros del carbón – el material más contaminante de los que se usan para producir energía – devolverle las glorias perdidas.


El gran contaminante

la minería del carbón

Ciertamente, la minería del carbón no era solo la productora de este recurso natural en desuso, sino una fuente importante de votos electorales, a la que estaban vinculados 25 estados.

En su momento de gloria, 1923, cuando el petróleo todavía no ocupaba el sitio que hoy ostenta en la generación de energía, empleaba unos 800 mil trabajadores.  Su consumo nacional se unía a las exportaciones, generalmente a Europa, que aún siguen existiendo.

Pero severamente disminuidas. Como disminuyeron con el paso del tiempo los trabajadores empleados en la industria del carbón, hasta alcanzar hoy solo unos 50 mil.

Es una lógica inevitable en el mundo de las tecnologías. La aparición de una nueva desplaza y hasta liquida a las otras.

Los medios de transporte basados en el motor de combustión interna – autos, camiones, ómnibus – desplazaron a los viejos carruajes de tracción animal hasta niveles mínimos.  Los que hoy conocemos.

El petróleo, más la producción de electricidad por energía nuclear, y hoy de forma creciente las modalidades no contaminantes de generación energética, han desplazado al peligroso carbón.

China, en su carrera hacia el desarrollo, lo utilizó intensamente, y los resultados fueron nefastos.  Los chinos se han apresurado a reformular su esquema energético para alejarlo lo más posible del carbón mineral, aun cuando esto impacte negativamente en sus costos de producción.

Pero el efecto de la industria carbonífera rebasa incluso el medio ambiente.  Propaga varios gases y metales pesados y, sobre todo, según la Organización Mundial de la Salud, disminuye la esperanza de vida de cerca de un millón de personas en el mundo. Según otro estudio, recorta la existencia de 24 mil personas cada año en Estados Unidos.  Un estudio académico atribuye a la contaminación del aire la muerte prematura de 52 mil estadounidense.


La llegada del lobo

La llegada del lobo

Pero Trump insiste en sus promesas.

En fecha no lejana compareció ante sus votantes en West Virginia e insistió en que devolvería los empleos perdidos a los mineros del carbón.

“Estamos de regreso”, dijo a la multitud. “La industria del carbón está de vuelta”.

Las estadísticas no sustentan su entusiasmo.  Ciertamente, desde que tomó posesión, han aumentado los empleos en esta actividad en 2 mil plazas.  Poco, según los economistas. Y la tendencia no debe sostenerse en los próximos períodos.

La semana pasada, la administración estadounidense recurrió incluso a una táctica obscena. Aprovechando la celebración del Día de Acción de Gracias, festivo para la población, retardó hasta el día siguiente – cuando las personas se desperezan de una noche de fiestas familiares, o viajan, o salen de compras – para dar a conocer la última edición del informe oficial “Evaluación Nacional del Clima”, que se emite todos los años.

“Con el crecimiento continuo, a ritmos históricos, de las emisiones, las pérdidas en algunos sectores de la economía alcanzarán cientos de miles de millones de dólares al final del siglo – más que el actual Producto Interno Bruto de varios estados de Estados Unidos”, afirma el documento.

El estudio compila los resultados de más de 300 científicos en más de mil páginas, y es elaborado por mandato del Congreso.

La edición del pasado año fue ignorada por Trump.

Los científicos han encontrado, explicó un portavoz,  “claras y convincentes evidencias de que la temperatura global promedio es mucho más alta y crece más rápidamente que lo que haya experimentado cualquier civilización moderna”. “Y la tendencia al calentamiento solo puede explicarse por las actividades humanas, especialmente la emisión de gases invernadero a la atmósfera.”

E incluso, dice el informe, si se hacen cortes mayores a los dañinos gases invernaderos, como el dióxido de carbono y el metano, el daño durará de todos modos muchos años.

Es decir, que el lobo ya está aquí, aunque Trump finja no enterarse. 

Solo que, como en el cuento popular, y para desgracia de la humanidad, no será él la única víctima.