El Proyecto Cayo Romano y la lección de Zelenski
El autor del Proyecto Cayo Romano ha tasado cada recurso cubano en dólares, como un experto joyero. Vocifera, pide atención. Pero un reciente estudio de la Universidad Internacional de la Florida revela que la política hacia Cuba no se cocina en Miami, sino en Washington.
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El Proyecto Cayo Romano y la lección de Zelenski
Durante mis años de estudio del pensamiento cubano de los siglos XIX y XX, comprendí que las ideas de un sector o clase social eran más claras y diáfanas, menos retóricas, en obras y autores menores. Estos resultaban imprescindibles para comprender no el significado de las palabras, sino su sentido en épocas convulsas, de intensa confrontación de ideas.
Un amigo me ha enviado el enlace con el perfil personal de un anexionista de poca monta, autor de un insólito Proyecto Cayo Romano. En sentido estricto, no merece comentario alguno. Ni su nombre ni su “proyecto” son dignos de atención. Sin embargo, es tal la desmesura de su postración ante la Voz del Amo y la exacta comprensión de sus pretensiones, que sirve como advertencia: lo que el imperialismo no dice de forma abierta, este soldado del imperio nacido en Cuba lo expone sin ambages.
Conoce bien a sus interlocutores. Como ellos, es un hombre de negocios. La oferta, que trafica la venganza a nombre de la libertad, es sencilla y tentadora: arrasen con mi país, sugiere, liquiden a sus comunistas, y después se lo regalamos. ¿Cuánto costaría una intervención militar? Saca cuentas: “eliminación de objetivos estratégicos”, “ataques con drones y misiles contra centros de mando, telecomunicaciones y estructuras militares”, “eliminación de líderes del régimen y altos mandos militares leales al comunismo”, “despliegue de fuerzas especiales para neutralizar resistencia organizada”. Olvida, quizás, que la Guerra de Todo el Pueblo, nos incluye a todos, y que la “limpieza” de comunistas, y el aplastamiento de la “resistencia” se convertirían en un genocidio similar al de Gaza. No importa, él vive en Miami. Calcula el costo de la intervención en 15 mil millones de dólares. Pero calcula mal: la resistencia sería inapagable. Habla el lenguaje que los magnates estadounidenses entienden: te regalamos Cayo Romano, dice, y el usufructo de todas nuestras riquezas petrolíferas y minerales, para pagar la deuda que contraeríamos. Recuerda, sin pudor, la Enmienda Platt: la historia repetida parece comedia, pero no lo es. No será.
A Zelenski lo recibieron una y otra vez en salones de lujo, brindaron con él champagne, mientras los hijos de Ucrania enfrentaban a sus hermanos, los hijos de Rusia; le dijeron en París, en Berlín, en Londres, en Washington que era un elegido, uno de ellos. Se lo creyó. Fue un hombre útil, no para su pueblo, sino para sus manejadores, los titiriteros. La función acabó. En Washington, un encuentro con hombres deleznables lo hizo volver en sí. Puedo entender su desconcierto, su furia, cuando soltaron los hilos que lo sostenían frente a las cámaras de televisión.
No era un hombre, supieron todos, era un títere. Ahora dejará un país destruido, miles de hijos muertos, y en pago, sí, porque debe pagarle al imperio el costo de su destrucción, entregará sus recursos. El autor del Proyecto Cayo Romano, no comprende: después que recolonicen a su país de origen, él será prescindible. Los cubanos todos seremos prescindibles. Dígase mejor: estorbaremos. Como los palestinos. Y el sueño fascista de Trump, la construcción turística de la Riviera de Gaza sin palestinos, Netanhayu y él sentados en sendas tumbonas, tragos en mano, rodeados de bellas árabes dispuestas a ofrecer sus encantos, podría repetirse en las playas de Cuba. Los sueños, sueños son. Alguien como el autor del proyecto (es imposible encontrar el calificativo justo), dijo hace unos días en una cola habanera: que vendan el país si es necesario para vivir mejor. ¿Cree de verdad que vivirá mejor?
No fueron solo Zelenski y la nación que representa los embaucados. En Ucrania se reajustó la sumisión comercial y política de Europa, que empezaba a priorizar su conveniencia, a los dictados de Washington. Fue el espacio ideal para medir fuerzas y reactivar la industria armamentista. Sus pueblos han descubierto el fraude de la manera más grosera y humillante. Trump retiró la locomotora y los europeos que habían abordado el tren sin saber cuál sería su destino verdadero, no saben ahora cómo bajarse, tratan de conducirlo a fuerza de gravedad, sin motores. Si de verdad fueran defensores de la integridad territorial de las naciones, el mapa político del mundo sería otro. Pero el único recurso que les queda es aferrarse a esa consigna, asumir el guión que prepararon para la opinión y las emociones públicas, intentar salvar el rostro de Zelenski, odiado, bendecido y despreciado.
El autor del Proyecto Cayo Romano ha tasado cada recurso cubano en dólares, como un experto joyero. Vocifera, pide atención. Pero un reciente estudio de la Universidad Internacional de la Florida revela que la política hacia Cuba no se cocina en Miami, sino en Washington. Los cubanoamericanos son predecibles, y candorosamente leales. Se mimetizan como lagartos ante cada cambio de rumbo en la Casa Blanca: durante el gobierno de Biden pusieron fotos con la bandera ucraniana en sus perfiles; ahora maldicen a Zelenski. Apoyan la expulsión de los latinoamericanos ilegales, siempre que permitan la permanencia de los cubanos.
Saben aprovechar cada intersticio abierto por las nuevas políticas para hacer dinero. En realidad, Biden y Trump, aunque parezcan opuestos en sus dimensiones política y humana, no son tan diferentes. Actúan en una obra de teatro que los trasciende. Estamos en el segundo acto. Biden implementó la “diplomacia” de la guerra; Trump, la sinceridad descarnada del negociador de postguerra. ¿Rescatará Europa su independencia, forzando la continuación indefinida de una guerra sin victoria militar posible? Y nuestros anexionistas, ¿entienden lo que significa la lección de Zelenski? Lo digo con respecto a sus intereses, no a los de Cuba; la Patria de ellos es el Dinero.