Trump, el discurso del estado de la DesUnión y otros desvaríos
Todo lo dicho por Trump va en la dirección de desunir más, acudir a posiciones más extremas que difícilmente hagan que el país gane en salud o hegemonía.
-
Trump, el discurso del estado de la DesUnión y otros devaríos.
El llamado discurso de la Unión es en la actualidad una presentación verbal del presidente de Estados Unidos ante una sesión conjunta del Congreso (Cámara y Senado) en un salón plenario del Capitolio, en el cual están presentes, además, los miembros de la Corte Suprema, altos funcionarios del Gobierno, cuerpo diplomático acreditado y una selecta lista de invitados.
La tradición la inició el primer presidente de la Unión, George Washington, aunque no fue hasta 1913 que Woodrow Wilson la retomó. A partir de ese momento, los altos ejecutivos alternaron presentaciones en vivo con informes escritos. En 1934 comenzó a convocarse el acto con mayor regularidad a principios de cada año.
En teoría, es una oportunidad en la que el presidente estadounidense presenta lo que puede considerarse su plan de gobierno para los próximos meses y, en particular, las iniciativas presupuestarias que necesitarán respaldo legislativo y que estarían precedidas de negociaciones interminables.
En realidad, con el paso del tiempo, la aparición de la televisión y la banalización de la política, el evento comenzó a asumir rasgos teatrales.
La puesta en escena se fue sofisticando hasta el punto de ensayar las pausas en las que estaban coordinados previamente los aplausos, los momentos para destacar la presencia de algún invitado y, de la misma manera, las ocasiones en que algunos congresistas o senadores abuchearon ciertas frases del discurso.
Parte de la ceremonia incluye, una vez concluida la presentación del mandatario y fuera del recinto, la llamada respuesta de la supuesta oposición, o partido que no está en el Gobierno (solo se alternan dos) y alguna intervención de un miembro del propio partido del presidente, para “destacar” los aciertos de este.
Dicho lo anterior, el análisis de las palabras del principal ejecutivo brinda un resultado al analista cuando se leen y otro completamente distinto cuando se ven en el marco de la actuación colectiva que las rodea, los tiros de cámara, la gesticulación colectiva y mucho más.
A lo anterior se agrega todo lo que han dicho la prensa y “otras fuentes informadas” antes y después del ejercicio. En la actualidad, se incorpora al gran crucigrama lo especulado o afirmado en redes digitales antes, durante y con posterioridad.
En este último ejercicio del 4 de marzo, el primer problema se presenta con la nomenclatura de la actividad (discurso del estado de la Unión).
En primer lugar, porque es un país en el punto máximo de la polarización política, que no cuenta en estos momentos con ninguna herramienta que le permita verse a sí mismo como una sola nación. Se trataba, por tanto, del estado de la DesUnión.
Lo segundo es que prácticamente todo lo dicho por Trump va en la dirección de desunir más, acudir a posiciones más extremas que difícilmente hagan que el país gane en salud o hegemonía.
Es común que en Estados Unidos los analistas bajen el volumen del televisor u otros aparatos electrónicos para captar mejor qué les ofrece la imagen que están observando, muchas veces el contenido de lo que se dice no importa.
Si hacemos esto para el caso que nos ocupa, entonces nos quedamos con la impresión de una obra unipersonal, en la que el resto de los miembros de su “partido” (o restos del mismo) tenían como prioridad ser vistos aplaudiendo y apoyando inequívocamente al caudillo. A ello habría que agregar el desacierto demócrata en dar una respuesta coherente, tanto la histriónica como la de contenido.
Cuando se relaciona el texto de Trump (sin ver imágenes) con lo hecho por él en los días precedentes, salta a la vista la voluntad de presentar como resultados únicos una profusión de decisiones ejecutivas que todavía están por demostrar su resultado práctico y, sobre todo, constructivo para el país.
Frases como “hemos logrado más en 43 días que la mayoría de las Administraciones en cuatro u ocho años”, o “en las últimas seis semanas he firmado cerca de 100 decretos y tomado más de 400 medidas ejecutivas, un récord”, fueron dichas bien temprano en la intervención.
El otro propósito inicial de Trump fue cambiar la historia (inclinación frecuente en su ámbito) sobre los resultados reales de las elecciones de noviembre pasado, en las que, según su visión, con un poco más de esfuerzo hubiera ganado el respaldo de todos los estadounidenses por unanimidad.
Esta acción generó un rechazo tal entre los demócratas que generó una indicación del speaker de la Cámara (que teóricamente preside el acto) amenazando con usar la fuerza, para sacar del local a los que alzaron su voz.
Hay que reconocer que Trump no es un individuo que espera por que otros alaben su actuación, es una actitud que asume por sí mismo desde el primer momento, tanto al compararse con su predecesor como recordando su primer mandato y al hacer uso de las propuestas con las que “salvará” al país y lo retornará a una “época de oro”.
El pequeño detalle es que varias de las acciones de las que se vanaglorió durante el discurso son contradictorias entre sí, no están fundamentadas y cambian de signo casi a diario. Quizás, el ejemplo del uso de aranceles contra terceros sería suficiente.
Cuando se revisan piezas oratorias similares de otros presidentes, aun obviando los niveles de sinceridad que hayan podido tener en cada caso, se aprecian de forma reiterada frases sobre la voluntad de extender la mano y trabajar en conjunto con el otro partido (across the isle), en referencia al hecho obvio de que para llevar adelante políticas que representen intereses del país se deben lograr consensos.
En esta oportunidad, el lenguaje ha sido simplemente tómalo o déjalo, súmate a mí si quieres sobrevivir, o no necesito a nadie más.
Muy pronto en su intervención, Trump mostró su compromiso con la llamada vieja economía y su disposición a retirar todas las regulaciones establecidas respecto a la industria extractiva o los combustibles fósiles en función de la preservación del medioambiente.
La ciencia, la investigación y el intelecto que han mostrado el daño de tales prácticas hasta para el agua que toman los estadounidenses fueron desconocidos con la flamante frase “perfora, niña, perfora” (drill, baby, drill).
Algunos de sus predecesores utilizaron los 60 minutos de su intervención (Trump habló por media hora más) para enfocarse en los problemas del país, otros para intentar justificar gastos militares o guerras de agresión (Ronald Reagan).
El 45-47, sin embargo, tuvo un balance entre lo interno y lo externo, pero estableciendo paralelismos entre la “oposición” local a su agenda y las normas del multilateralismo, a las que considera casi todas antiestadounidenses, innecesarias, diciendo que habría que renunciar a ellas de inmediato.
Ciertamente, hay que reconocerle a Trump su contribución a la teoría de lo que se ha considerado hasta ahora como el papel de las alianzas, quiénes son los socios estratégicos de Washington y cómo, para ser líder de algo, usted debe contar con el apoyo de alguienes (si me permite la academia).
El análisis de estas intervenciones también debe contar con el contexto en que se producen. Vale recordar que este discurso tuvo lugar a escasas horas del cisma provocado por el encuentro de Trump con el presidente de Ucrania en la Oficina Oval y antecedió una reunión del Consejo de la Unión Europea, a la que básicamente los líderes participantes fueron a preguntarse “what the heck is this?” (mejor no traducirlo), en relación con aquel suceso y frente a la interpretación trumpiana del otanismo.
Pero, volviendo al hemiciclo del Congreso, Trump agradeció al extranjero residente en EE. UU. de mayor caudal financiero y con vínculos directos e indirectos con el apartheid sudafricano, por haberse tomado el trabajo de venir a la “tierra de la libertad” a revisar sus finanzas y tratar de lograr mayor eficiencia en el Gobierno.
Trump listó lo que serían parte de los hallazgos más importantes de Elon Musk en estos días, entre ellos:
“22 mil millones de dólares de HHS para proporcionar alojamiento y coches gratuitos a extranjeros en situación irregular; 45 millones de dólares para becas sobre diversidad, equidad e inclusión en Birmania; 40 millones de dólares para mejorar la inclusión social y económica de los migrantes sedentarios”.
“Sesenta millones de dólares para el empoderamiento de los pueblos indígenas y afrocaribeños en Centroamérica. Ocho millones de dólares para convertir a las ratas en transgénero [esto es real]; 32 millones de dólares para una operación de propaganda de izquierdas en Moldavia; 10 millones de dólares para la circuncisión masculina en Mozambique”.
Leyendo estas cifras y la forma despectiva con que el mandatario se refiere a terceros, uno puede preguntarse si estarán en capacidad de ser consecuentes con su propia filosofía y llevar este análisis introspectivo hasta el final.
En el caso de Cuba, serían capaces de identificar miles de millones de dólares aprobados para el “cambio de régimen” que han terminado en bolsillos floridanos, que al final se reciclan y contribuyen a pagar la carrera política de individuos frustrados en la vida empresarial o académica, que constantemente vuelven al presupuesto federal para suplir sus deficiencias personales en cuanto a creatividad o productividad.
El total de 66 años de enfrentamiento contra Cuba ha sido uno de los mayores robos a los contribuyentes estadounidenses, incluidos aquellos que no tienen acceso a la salud o la educación.
No caben dudas de que cualquier auditor profesional encontraría muchas fallas en el sistema presupuestario estadounidense, tanto bajo demócratas como republicanos. Sencillamente, se han alternado al menos dos formas distintas de corrupción. De hecho, uno de los principales receptores de fondos federales, el Pentágono, no ha sido capaz de satisfacer las demandas de las auditorías que se le han realizado en los últimos 10 años.
Lo que tratamos de decir es que el actual grupo en el poder en Washington anuncia la sustitución de un esquema de malversación por otro, en el que básicamente se verán aún más desprotegidos los ciudadanos que ellos consideran “de segunda clase” (minorías, inmigrantes, minusválidos, comunidades de bajos ingresos), para que el gran capital pueda continuar su marcha triunfante para contaminar/destruir el país y el mundo, en consecuencia.
De pronto, como perdida entre sus palabras, una fugaz mención a un nuevo intento para “reducir los impuestos”.
Raramente, estas intervenciones se analizan comparándolas con datos suficientes. La prensa y los comentaristas privados tienen la urgencia de poder ofrecer un titular en pocas horas. Pero al menos habría que recordar la legislación propuesta por Trump y aprobada a toda máquina en el 2017, que ya redujo de forma considerable las obligaciones de los más ricos, otorgó beneficios a los de menor ingreso en el corto plazo, que fueron revertidos en el largo plazo.
Es cierto que Estados Unidos enfrenta un riesgo de competitividad económica, más evidente en el caso de China, también con otros terceros. Pero uno de los problemas de la visión trumpista del asunto es considerar que esa realidad se puede cambiar solo invirtiendo más dinero en una u otra industria. Poco se dijo el 4 de marzo sobre el avance de la ciencia, la tecnología o la innovación; más bien, hubo frases de desprecio sobre esos campos.
En su afición por reescribir la historia, Trump consideró que todos los males terrenales y divinos que azotan a Estados Unidos han llegado del exterior: no existen cárteles estadounidenses ni traficantes nacionales; todos los violadores tienen apellidos hispanos o afrodescendientes. Muy difícil exigirle que recuerde que la tierra que pisa fue propiedad de pueblos originarios, cuyos últimos descendientes viven hoy en las llamadas “reservaciones indígenas”, con los peores índices de diabetes y malnutrición.
Seamos objetivos, porque todas las referencias no pueden ser críticas. Trump acertó en describir la tragedia sanitaria estadounidense y, en consecuencia, sería válido el propósito de hacer el país “saludable otra vez”.
Es cierto que no hay razón para explicar las altas tasas de cáncer juvenil en aquel país, ni otros indicadores. Es una realidad que se puede cambiar, con los recursos propios e, incluso, con el apoyo de terceros.
El nuevo secretario de Salud, las academias de ciencias nacionales y la Sociedad Americana para el Avance de la Ciencia bien podrían informarle cuáles serían los principales socios en el campo de la salud en la región, aquellos que durante su primer mandato asistieron a comunidades específicas en la geografía estadounidense, aquellos con los que más de 30 Concejos de ciudades de la Unión han votado una resolución para establecer cooperación.
En su quinto discurso sobre el estado de la Unión, Trump acudió a cuanto argumento tuvo a mano para mostrar que él es elegido por lo humano y lo divino. No pudo evitar decir: “Creo que mi vida fue salvada ese día en Butler por una muy buena razón. Fui salvado por Dios para devolverle a Estados Unidos su grandeza, estoy convencido de ello”.
Para muchos, la frase reabrió viejas dudas sobre una historia mal contada entonces, en la que habrían participado un tirador inexperto y oficiales muy irresponsables del servicio secreto, y sobre la que hubo un apagón informativo después de que se obtuvieron las fotos de primera plana necesarias.
Las preocupaciones sobre el futuro inmediato de Estados Unidos crecieron aún más al escuchar el discurso de “respuesta” de los demócratas, en voz de un congresista de origen dominicano, a quien algún republicano extremista tildó de “ilegal”, y que no pudo presentar una propuesta coherente, comprensible y alternativa a lo dicho por el presidente.
Una conclusión sí queda clara: del lado republicano hay un líder con un grupo de seguidores (casi fanáticos) incondicionales; del lado demócrata, actúan varios grupos que no encuentran la coherencia para presentarse como una sola fuerza; en el medio, la gran masa de la población estadounidense que no identifica el vehículo apropiado para hacer prosperar sus intereses y objetivos. Esperemos por el ejercicio del 2026.