El fin de la globalización neoliberal
Es una reconstitución hegemónica a punta de pistola económica, que puede acabar siéndolo con armas reales, porque en procesos de crisis de hegemonía se da siempre, de forma inevitable, una agudización de las contradicciones entre las potencias.
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El fin de la globalización neoliberal
Donald Trump adora vivir en el filo de la noticia. El espectáculo permanente es parte de su estrategia política. Aunque no es el único presidente que adora las cámaras, su condición de presidente de los Estados Unidos y el impacto global de las medidas que desde su administración se puedan tomar, hace inevitable seguir y calibrar cada uno de sus pasos. Sobre todo porque en este segundo mandato el magnate republicano parece dispuesto a alterar las reglas del juego político norteamericano y global.
En menos de cien días desde que asumiera el cargo, su polémico engendro, el Departamento de Eficiencia Gubernamental, dirigido por Elon Musk, ha generado numerosas polémicas y tensiones al seno incluso del propio partido republicano, en la medida en que elimina puestos de trabajo, cierra agencias gubernamentales y mete las narices en casi todas las esferas del gobierno estadounidense.
El propio Trump ha revuelto el avispero político interno, con declaraciones que alimentan la fractura política del país y afirmaciones cada vez más explícitas sobre su posible reelección para un tercer mandato, a pesar de que una enmienda constitucional de los años 50 lo prohíbe explícitamente.
En lo internacional ha generado tensiones con sus vecinos más cercanos, Canadá y México, ha declarado su intención de hacerse con Groenlandia y el Canal de Panamá, ha arremetido contra la Unión Europea y la OTAN, ha tenido una actitud contradictoria respecto a la Guerra de Ucrania y este 2 de abril, como guinda del pastel, acaba de desatar un terremoto económico de consecuencias impredecibles. De manera expedita y prácticamente sin anuncio previo, Trump comunicó un nuevo paquete arancelario que comprende a la casi totalidad de los países del mundo actual. Para mayor rimbombancia, esta medida fue bautizada como “Liberation Day”.
A todos los países en esa lista, considerados “infractores” por Estados Unidos, se aplica un arancel base del 10 por ciento, a lo cual se añaden tasas adicionales sobre criterios sumamente arbitrarios. Así, los montos anunciados van desde un 49 por ciento a Cambodia, 46 por ciento a Vietnam y 34 por ciento a China, pasando por un 47 por ciento a Madagascar y 50 por ciento a Lesotho hasta un 37 por ciento a la lejana isla de Reunión. “Israel”, aliado y cómplice del régimen norteamericano, recibe un 17 por ciento de aranceles y como nota ridícula, se aplica un arancel del 10 por ciento a las islas de Heard y McDonald, habitadas solo por pingüinos y fauna salvaje. Quedan fuera de este frenesí arancelario países como Cuba, Corea del Norte y Rusia, fuertemente sancionados y prácticamente sin ningún vínculo comercial con Estados Unidos en la actualidad.
Desde el día 9 de abril comenzarán a aplicarse estos aranceles, que Trump denomina como tarifas recíprocas y que, según sus propias expresiones, deben contribuir a poner fin a “décadas de abuso comercial” contra los Estados Unidos. Adicionalmente se anunció que en mayo se eliminará el tratamiento libre de impuestos para pequeños paquetes procedentes de China, lo cual afectará a gigantes del comercio electrónico chino como Shein y Temu, con fuerte presencia en el mercado norteamericano. Asimismo, entrará en vigor el arancel de un 25 por ciento a todos los automóviles fabricados fuera de los Estados Unidos.
Según cálculos del asesor comercial de la Casa Blanca, Peter Navarro, recogidos por BBC, estos paquetes arancelarios pueden generar ingresos en torno a los 600 mil millones de dólares, además de, hipotéticamente, estimular la industria nacional y recuperar empleos en el sector manufacturero.
Por supuesto, las reacciones internacionales no se han hecho esperar. China, principal objetivo declarado de la actual administración de la Casa Blanca, exigió la anulación de las medidas y advirtió que, de no ser así, el país tomará contramedidas para proteger sus intereses. En Europa se lamentaron profundamente por el trato aplicado por su amo y señor, en palabras de Von der Leyen “defraudados por nuestro aliado más antiguo”, a la par que anunciaron que están preparando medidas para lidiar con estos nuevos aranceles. Algo similar anunció el presidente interino de Corea del Sur.
Pero sin dudas la más impactante respuesta a los anuncios de la Casa Blanca la han protagonizado las bolsas de valores. Los mercados de Estados Unidos registraron una fuerte caída, similar a la vivida durante la pandemia de la covid- 19. El índice Dow Jones Industrial Average cayó un 2,9 por ciento y el NASDAQ un 4,5 por ciento. Las grandes tecnológicas fueron las más golpeadas. Según refiere Bloomberg, Apple tuvo pérdidas de casi 280 mil millones de dólares, Nvidia en el entorno de los 145 mil millones de dólares y Amazon unos 142 mil millones. Quizás no resulte ocioso recordar que muchos de los CEO de estas tecnológicas acompañaron a Trump el día de su toma de posesión del cargo presidencial.
También los aranceles a países como Vietnam golpean fuertemente a empresas como Apple y Nike, las cuales recolocaron sus fábricas en el país asiático al inicio de la guerra comercial con China y hoy ven fuertemente comprometidas sus líneas de suministros.
Estas medidas de Trump son su particular manera de dar respuesta a la profunda crisis de la economía norteamericana. Crisis que tiene uno de sus más claros indicadores en gigantesco déficit que arrastra la nación y que el magnate pretende revertir. Para ello, Trump ha arremetido contra el dogma neoliberal del capitalismo de libre mercado y ha vuelto a las viejas prácticas proteccionistas que están en los orígenes de la nación norteamericana.
Desde sus primeros años de independencia, Estados Unidos aplicó aranceles selectivos a un grupo de productos, con el objetivo de favorecer el desarrollo de una industria local. Era la etapa en la cual se estaba verificando el paso de la industria manufacturera a la maquinaria y la joven nación norteamericana fue capaz de alcanzar el ritmo en relación con la superpotencia británica y llegar a superarla, luego de la Primera Guerra Mundial.
La Segunda Guerra Mundial consolidó la hegemonía norteamericana sobre una Europa devastada y el mundo colonial y semicolonial. Consecuencia directa de esta dominación fueron la emergencia de una serie de organizaciones y reglas que hasta hoy han sido centrales a la vida política internacional. La promoción del neoliberalismo en contra del proteccionismo del período de entreguerras y la segunda postguerra respondía a la necesidad hegemónica del capital financiero norteamericano de moverse con la mayor libertad posible, con el fin de ampliar los mercados, acceder a nuevas fuentes de materias primas y reducir constantemente los costos de producción. Esta tendencia llega a su paroxismo en los años 80 y 90 del siglo XX, donde la desregulación incluso en las sociedades centrales del capitalismo contemporáneo, permite una masiva transferencia de capital y tecnología a países subdesarrollados, fundamentalmente en el sudeste asiático.
Sin embargo, con el ascenso y consolidación de China primero como potencia económica y luego política y militar, las reglas del juego del orden económico neoliberal dejaron de ser tan ventajosas para el capital norteamericano. Por un lado los chinos incorporaron los adelantos tecnológicos de Occidente y fueron capaces en un corto período de tiempo de replicarlos y superarlos, invirtiendo significativamente en el desarrollo profesional de su fuerza laboral y en la investigación. La presencia de un fuerte estado central con un claro programa de desarrollo constituía un freno contra lo que Marx denominó como “la anarquía de la producción”, al tiempo también que acotaba la penetración e incidencia del capital exterior en el mercado chino. Pronto las empresas del gigante asiático estuvieron en condiciones de competir con sus homólogas occidentales en la arena internacional y, en un corto plazo de apenas dos décadas, han desplazado a Estados Unidos como principal socio comercial de la mayor parte del globo.
La gran contradicción para Estados Unidos hoy es que, aunque tiene grandes reservas de capital financiero y la hegemonía del dólar, además de su poderío militar, no tienen una capacidad productiva real al nivel de la de China. Además, tienen dependencia estratégica de la importación de recursos claves y se han quedado rezagados en áreas tecnológicas centrales, como las comunicaciones o las energías renovables.
Los aranceles de Trump se pueden interpretar, entonces, como un intento por recuperar esa industria norteamericana que se trasladó al exterior en los decenios neoliberales, al tiempo que se crea una burbuja proteccionista que favorezca su desarrollo a pesar de su menor competitividad con respecto a las producciones de terceros países. Un ejemplo que se ha citado mucho en análisis recientes es el de las energías renovables. Los paneles solares producidos en Estados Unidos son significativamente más caros y menos eficientes que los producidos en China. Igual pasa con un importante sector de productos tecnológicos de gama media, el rango de consumo fundamental de la clase trabajadora, donde China ha dominado por una mejor relación calidad-precio.
Muchos otros productos importados verán crecer significativamente su precio en el mercado norteamericano y algunos directamente no tienen sustituto en la producción interna. Desde los vinos franceses y el aceite de oliva español, hasta una gran variedad de frutas y vegetales pasarán a estar cada vez más lejos del poder adquisitivo de la clase trabajadora, contribuyendo, sin dudas, a la dinámica inflacionaria que ya vive el país.
Estos aranceles son un golpe de gracia a la Organización Mundial del Comercio y a la cacareada globalización. Están en línea con el proyecto de reconfigurar un nuevo orden mundial, sobre nuevas reglas que favorezcan la economía norteamericana. Es una reconstitución hegemónica a punta de pistola económica, que puede acabar siéndolo con armas reales, porque en procesos de crisis de hegemonía se da siempre, de forma inevitable, una agudización de las contradicciones entre las potencias.