Asesinos de Haití acechan a Cuba

Haití y Cuba andan en problemas. Así repite la prensa dominante de Occidente. Y tienen razón al meter en un mismo saco a las dos naciones isleñas del Caribe.

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    Asesinos de Haití acechan a Cuba

Sus destinos tienen una raíz común. Las dos naciones antillanas, separadas por los  77 kilómetros del Paso de los Vientos, comparten el protagonismo de dos revoluciones, que marcan hitos en la historia de América. 

Las dos naciones cometieron un mismo pecado capital, imperdonable, al establecer precedentes, -en el caso de Haití- el comienzo del fin del régimen colonial esclavista. Cuba, al emprender un proceso de necesarios cambios económicos y sociales que pusieron fin al dominio de Washington sobre la Isla, que se proclamó primer país socialista de América, a solo 90 millas de Estados Unidos.

Magnicidio en Haití, disturbios en Cuba

El reciente asesinato del presidente haitiano Jovenel Moïse acaparó la atención de la prensa mundial, que presenta escenas de un país sumido en la barbarie. 

En cuanto a Cuba difundieron actos vandálicos y airadas protestas de grupos de personas a las que califican de “descontentos con el manejo del gobierno comunista” de una crítica carencia de alimentos y medicinas en medio de los rigores de la pandemia de la Covid-19, por lo que “exigen un cambio de régimen” en el país.

En ambos casos la simplificación noticiosa comete faltas imperdonables.

Cómplices olvidos y memoria necesaria

El reciente magnicidio en Haití es uno más de una lista interminable, que como otros, apenas esconde una nueva injerencia de Estados Unidos en ciernes.

La novedad consiste en el empleo descarado de un comando de mercenarios  colombianos y estadounidenses, teleguiados por una agencia de reclutamiento, que aparece a nombre de un opositor venezolano radicado en Miami.

Parece casual, pero el asesinato del presidente de turno en Haití y los disturbios políticos ocurridos en Cuba tienen un origen común en Estados Unidos, precisamente en Miami, donde se mezclan bandidos de Venezuela y Colombia con sus semejantes de origen cubano o haitianos, toda una crápula que tiene su privilegiado refugio en el Doral, el mismo sitio donde reina la organización de Donald Trump. 

Da igual como se llame el autor del asesinato del mandatario haitiano, ni quienes lo secundaron. Son los de siempre, los asesinos de Haití que desde hace más de un siglo reaparecen una y otra vez para impedir su renacer.  La finalidad es la misma. Poco importan los detalles. Todo eso es teatro, videofilmes para amenizar noticieros, papel celofán para envolver con elegancia otro atraco.

En 1958 Cuba, y las repúblicas de Haití y Dominicana, que comparten la isla vecina de La Española, eran gobernadas por tres siniestras dictaduras militares, que ejercían un poder despótico con el respaldo total de Estados Unidos.

Fulgencio Batista, Francois Duvalier y Leonidas Trujillo eran los generales herederos de una historia de sangrientos golpes de estado, hermanados por sus servicios al nuevo imperio expansionista del norte, saqueador de riquezas bajo el antifaz de benéfico inversionista. 

En Cuba comenzaron “las intervenciones humanitarias” de Estados Unidos, cuando en 1898 impidieron la victoria del ejército independentista cubano frente a España para imponer una enmienda votada por el Congreso de Washington a la primera Constitución de la naciente república, que  legalizara el robo de sus tierras, puertos y riquezas naturales, pero sobre todo su soberanía y  autodeterminación, atribuyéndose el derecho de intervenir cuando lo estimaran conveniente. 

Aquella sujeción al poder imperial yanqui duró hasta el 1 de enero de 1959, cuando  la revolución liderada por Fidel Castro derrocó la dictadura protegida de Washington. La hostilidad de la potencia del norte se manifestó enseguida, ante el juicio a los criminales y torturadores, o más aún tras la aplicación de una Ley de Reforma Agraria que nacionalizó los latifundios estadounidenses. Washington no aceptó la propuesta cubana de indemnizaciones y de inmediato puso en marcha una política de bloqueo económico, comercial y financiero que dura hasta hoy, diseñado para rendir por hambre la resistencia de los cubanos y provocar el deseado “cambio de régimen”.

Castigo haitiano, un modelo para Cuba

En Haití, la próspera colonia cafetalera y azucarera francesa caribeña de mediados del siglo XVIII, los 300 000 esclavos negros arrancados por la fuerza de África, tuvieron la osadía de sublevarse en 1793 contra el poder monárquico de Francia, bajo el liderazgo de François Dominique Toussaint-Louverture, muerto en 1802. Su sucesor, Jean Jacques Dessalines venció a las tropas francesas en 1803.

Y otro 1 de enero - de 1804- Haití se  proclamó primer país independiente de América Latina y segundo del continente americano después de Estados Unidos, que  acogió con frialdad la epopeya libertaria de los haitianos, ya que varios de los Padres Fundadores de la Unión aprobaban la esclavitud, que mantuvieron vigente.

Los haitianos –esclavos que conquistaron su libertad- no serían perdonados jamás. El precio puesto a su osadía sería una deuda impagable, que los hundiera en la miseria y los matara de hambre.

En 1824, Francia exigió a Haití 150 millones de francos (lo que en la actualidad serían 21 mil millones de dólares), a cambio del reconocimiento de su independencia.

La deuda, que era 10 veces mayor que los ingresos anuales de Haití en esa  época, tendría que ser abonada en un plazo de 30 años. Haití estuvo pagando esa deuda hasta 1947.

Hasta 1915 pocos presidentes haitianos terminaron su mandato de siete años. Estados Unidos no escondía su intención de utilizar el territorio haitiano como una potencial base militar.

Tras una larga sucesión de golpes de estado, en 1915 el presidente Wodrow Wilson ordenó invadir Haití con el pretexto de contrarrestar la influencia del Imperio alemán, restaurar el orden después de la muerte del presidente Jean Vilbrun Guillaume Sam a manos de un pueblo furioso y defender los intereses del banco de inversión estadounidense Kuhn, Loeb & Co. fundado en 1867 por capitales judíos que se fusionaron con Lehman Brothers en 1977.

Estados Unidos extendió su ocupación de 1915 a 1934, con el supuesto propósito de sanear las finanzas públicas, crear un ejército, construir escuelas, carreteras, etc.

A la sombra de la ocupación se reformó la Constitución de Haití, para permitir que extranjeros fueran dueños de propiedades haitianas. 

De esa manera la tierra les fue arrebatada a los campesinos para crear grandes plantaciones. Esto ocasionó indignación en el pueblo, que se levantó en revueltas que Estados Unidos a su vez reprimió brutalmente asesinando entre 15 y 30 mil haitianos.

Los ocupantes salieron de Haití en 1934, dejando atrás al despiadado Ejército Nacional, adiestrado por sus instructores militares para reprimir al pueblo.

A partir de 1950, la ola "anticomunista propagada por Washington en América Latina, auspició las más bárbaras dictaduras militares, como la de François Duvalier, llamado “Papa Doc”, continuada hasta 1971 por su hijo Jean Claude  (Baby Doc) con el empleo de  una fuerza paramilitar llamada “los tontos macutes”, escuadrones de la muerte que sembraron el terror y la muerte durante 30 años.

Estados Unidos ha vuelto a intervenir tres veces más con supuestos “fines humanitarios” , pero los resultados están a la vista. 

El bloqueo, el aislamiento y el pago de una deuda ruinosa impuesta a Haití son la matriz del modelo de castigo diseñado para Cuba por Estados Unidos en la llamada Cuba Democracy Act, la que convirtió en ley el bloqueo, si alguna vez lograran el sueño –ya destruido en Playa Girón, en 1961- de derribar la Revolución y volver a imponer su hegemonía, como hicieron hasta el 1 de enero de 1959. Lo que olvidan es que, a pesar de la cercanía geográfica, Cuba no es Haití.

Las ideas y opiniones expresadas en este artículo son las de los autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Al Mayadeen
Leonel Nodal

Analista político cubano. Columnista Internacional del diario cubano Juventud Rebelde.

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